Un país del Tercer Mundo

Adentro de Estados Unidos

22 de marzo, 2013

Un país del Tercer Mundo

En marzo coincidieron los estrenos de dos películas destinadas a alimentar la polémica alrededor de la que quizás sea la más dramática paradoja que viene profundizándose en Estados Unidos: el país más rico del mundo exhibe índices de pobreza e inseguridad alimentaria más propios del Tercer Mundo que de una superpotencia global.

Lo llamativo es que ninguna de estas obras proviene de la periferia de la industria cinematogrática. “Un lugar en la mesa” (A Place at the Table) lleva el sello de Participant Productions, la misma compañía que tuvo a su cargo la realización de películas tan exitosas como “Lincoln”, “The Help” (distribuída aquí con el título de Historias Cruzadas), “Food Inc.” y “La verdad incómoda”, de Al Gore. El filme exhibe, entre otros, el testimonio del actor Jeff Bridges, un reconocido militante de las campañas contra la pobreza. El otro estreno cinematográfico resonante es el de “American Winter” (Invierno americano) un documental que narra las desventuras de ocho familias de la ciudad de Portland, Oregon, que durante el último invierno tuvieron que pedir ayuda a un servicio de emergencia. Los realizadores son Joe y Harry Gantz, ganadores de premios Emmy y creadores de la conocida serie Confesiones en un taxi, que emite la cadena HBO.

El panorama que surge de ambas producciones es sorprendente en el peor de los sentidos. Los realizadores de “Un lugar en la mesa” destacan que la inseguridad alimentaria afecta a uno de cada cinco niños, lo que revela un aumento del 37% con respecto a 1999. Vale la pena recordar, aquí, que en 2008 el entonces candidato presidencial Barack Obama prometió erradicar la desnutrición infantil en Estados Unidos antes de 2015; un objetivo que parece claramente inalcanzable, sobre todo después de los recortes fiscales acordados en las últimas semanas en el Congreso.

El avance de la pobreza y la indigencia es persistente y no parece tener correlación alguna con el signo político de los gobiernos.

Durante la conservadora administración Reagan, la inseguridad alimentaria afectaba a 20 millones de norteamericanos, menos de la mitad de los que aparecen en las estadísticas actuales.

Trabajar con hambre

Otro inquietante signo de los tiempos es un dato que muchos ignoran: la mayoría de los padres de niños en situación de inseguridad alimentaria trabajan en empleos de tiempo completo. Esto surge claramente de una encuesta realizada el año pasado por la ONG Food Research and Action Center, en la que 24% de los consultados reconocieron que, a pesar de tener un empleo estable, estaban muy o bastante preocupados ante la posibilidad de no poder afrontar los gastos en comida para sus hogares.

El actor Jeff Bridges brinda una interesante reflexión en la película, tras mencionar que Estados Unidos es la economía desarrollada con los peores índices en materia de seguridad alimentaria. “Si otro país le estuviera haciendo esto a nuestros hijos, no dudaríamos en declararle la guerra”, afirma. Sin embargo, la visión predominante en la clase política y en la opinión pública estadounidense es que la cuestión debe ser abordada por organizaciones humanitarias o por obras de caridad, una vía que ya ha probado resultar insuficiente para la magnitud del problema. Y la propuesta de Obama de asignar un fondo de US$ 10.000 millones durante la próxima década para mejorar la alimentación en las escuelas primarias naufragó en el mismo parlamento que autorizó un gasto mensual equivalente para mantener la ocupación militar en Afganistán.

Durante su reciente mensaje a la asamblea legislativa, el presidente anunció otra iniciativa que, según la mayoría de los expertos en el tema, resulta mucho más prometedora que cualquier programa de asistencia oficial o privada: aumentar el salario mínimo de los actuales US$ 7,25 por hora a US$ 9 y mantenerlo luego en línea con la inflación. El economista Paul Krugman apoyó abiertamente la idea en un reciente artículo, en el que advirtió que “desde hace cuatro décadas, el salario mínimo viene retrasándose con respecto a la inflación, lo que hace que, en términos reales, sea hoy sustancialmente más bajo en que los años ’60. Mientras tanto, la productividad de los trabajadores se ha duplicado”.

Historias no tan mínimas

El padre de la familia se queda sin empleo. Su esposa gana un salario mínimo. Tienen tres hijos. En pleno invierno,les cortan la luz y el gas, que no pagaron para evitar atrasarse más con la hipoteca. Una mujer con título universitario es despedida por su empresa. Tiene tres hijos para mantener, así que se dedica a vender metales que encuentra en la basura y a “donar” plasma sanguíneo a cambio de una retribución. Otra mujer queda viuda, pierde su casa y, con su hijo de 11 años, se ve obligada a dormir, primero en el auto, y luego en un refugio para indigentes. Estas son algunas de las historias que componen la trama de “Invierno Americano”, una película que despliega los relatos estremecedores de víctimas recientes del empobrecimiento en un tiempo y lugar específicos: el invierno de 2012 en la capital del estado de Oregon, en el norte de la costa oeste.

La trama se completa, además, con datos que revelan la verdadera naturaleza de las tribulaciones que acosan a la sociedad más rica del mundo: 

-Suman 46,2 millones los estadounidenses que se encuentran por debajo de la línea de pobreza (US$ 17.916 anuales para una familia de tres personas), lo que equivale a un 15,1%. 

-En el caso de los niños, son 16,1 millones, o 22% del total. Pero el índice es mucho más alto entre los negros (39%) y los latinos (34%). 

-La indigencia (ingresos inferiores a US$ 11.510 para una familia de cuatro miembros) llega a 20,4 millones de personas, de las cuales 15 millones son mujeres y niños. 

-La brecha del género es evidente: las mujeres tienen 34% más probabilidades que los hombres de caer en la pobreza. 

-Uno de cada cuatro trabajadores gana menos de US$ 23.000 anuales, que es el umbral de la pobreza para un hogar de cuatro personas. 

-Los niños que viven en la calle o en refugios son 1.600.000, de los cuales el 42% tiene menos de seis años.

Recuadro I: ¿Qué piensa la gente?

Estos son algunos de los resultados más notables de una encuesta realizada por la ONG Food Research and Action Center: 

-91% de los norteamericanos acuerdan con el principio de que nadie debería pasar hambre en su país. 

-89% cree que el hambre tiene un impacto en el desarrollo de los niños.

-53% piensa que los chicos a menudo comen alimentos baratos y poco saludables para que sus familias puedan pagar el alquiler. 

-51% cree que los adultos mayores muchas veces deben optar entre comprar remedios o comida. 

-54% está de acuerdo en que debería destinarse más presupuesto a la lucha contra la desnutrición.

Recuadro II: Cada vez más lejos

El fenómeno de la pobreza no puede comprenderse en Estados Unidos sin una referencia a la desigualdad creciente en la distribución del ingreso que viene registrándose en las últimas tres décadas: 

-El 40% de la riqueza está concentrada en apenas el 1% de la población, en tanto que el 80% de los habitantes sólo poseen el 7%. 

-El director ejecutivo de una empresa gana 380 veces más que el empleado promedio. 

-El trabajador promedio necesita, así, algo más de un mes de sueldo para alcanzar el mismo ingreso que el CEO recibe en apenas una hora.

Recuadro III: Desnutrición y obesidad

Puede parecer contradictorio que la inseguridad alimentaria represente un serio problema en un país en el que la obesidad (sobre todo la infantil) es citada como una de las principales amenazas a la salud pública. Y sin embargo, todo encaja en el mismo cuadro de carencias que padece una porción creciente de la población norteamericana. Las frutas y verduras frescas han terminado por representar un lujo inalcanzable para cada vez más personas residentes en zonas urbanas y rurales de bajos recursos. Los subsidios oficiales (que se aplican al maíz, el trigo, el arroz y la soja) no llegan a los productos de huerta que, en consecuencia, vienen experimentando un constante aumento de precios. Las calorías baratas presentes en la llamada “comida basura” se convierten así en la alternativa más accesible para millones de norteamericanos.