La crisis del conservadurismo

El problema son las políticas que defienden

8 de marzo, 2013

La crisis del conservadurismo

(Columna de opinión de J. Bradford DeLong, profesor de Economía en la Universidad de California, en Berkeley e investigador asociado del Bureau Nacional de Investigaciones Económicas. Durante la gestión de Bill Clinton se desempeñó como Asesor del Tesoro de EE.UU. Copyright Project Syndicate 2013)

En el ángulo posterior izquierdo de mi escritorio en este momento hay tres libros de publicación muy reciente: “The Battle”, de Arthur Brooks; “Coming Apart”, de Charles Murray y “A Nation of Takers”, de Nicholas Eberstadt. Juntos constituyen un importante movimiento intelectual, que además resulta ser gran parte del motivo por el cual el conservadurismo estadounidense tiene hoy en día pocas cosas constructivas para decir sobre la administración de la economía –y poca llegada al centro del electorado de EE.UU.–.

Pero retrocedamos históricamente a la fundación de lo que podemos llamar el conservadurismo moderno en Gran Bretaña y Francia a principios del Siglo XIX. Hubo quienes –Frédéric Bastiat y Jean-Baptiste Say se me vienen a la mente –creyeron que el gobierno debía poner a trabajar a los desempleados para construir infraestructura cuando los mercados o la producción se veían temporalmente interrumpidos. Pero los equilibraban quienes, como Nassau Senior, se pronunciaron incluso en contra del alivio de las hambrunas: aunque un millón de personas muriesen en la gran hambruna irlandesa, “eso no sería suficiente, ni mucho menos”.

Liberalismo y economía

La principal ofensiva del conservadurismo temprano era la oposición absoluta a cualquier tipo de seguridad social: enriquezcan a los pobres y aumentarán su fertilidad. Como consecuencia, disminuiría el tamaño de las granjas (porque la tierra se dividiría entre aún más niños), disminuiría la productividad del trabajo y los pobres terminarían siendo aún más pobres. La seguridad social no sólo era inútil; era contraproducente también. La política económica adecuada era enseñar a la gente a venerar el trono (para que respetasen la propiedad), al hogar paternal (para que no se casaran irresponsablemente jóvenes) y al altar religioso (para que temiesen el sexo prematrimonial). Entonces, tal vez, manteniendo la castidad de las mujeres durante la mitad o más de sus años fértiles, el excedente de población disminuiría y la situación de los pobres sería lo mejor posible.

Avancemos 150 años hasta los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial y a la original crítica de la Escuela de Chicago a la versión del seguro social del New Deal: la creación de “muescas” que distorsionaban los incentivos económicos. El gobierno, según Milton Friedman y otros, anunció a los pobres: ganen más dinero y les quitaremos sus viviendas gratuitas, los cupones de comida y la asistencia a los ingresos. Las personas son racionales, dijo Friedman, y no trabajarán por mucho tiempo si no obtienen nada, o casi nada, a cambio.

La gran diferencia entre las críticas conservadoras maltusianas al seguro social a principios del Siglo XIX y las críticas de los Chicago Boys en la década de 1970 es que los críticos de Chicago tenían razón: brindar apoyo público a los pobres y luego quitárselo cuando comenzaban a valerse por sí mismos envenenaba los incentivos y poco probablemente conduciría a buenos resultados.

Versión moderna

Entonces, desde 1970 a 2000, una amplia coalición de conservadores (que deseaban evitar que el gobierno continuase fomentando la inmoralidad), centristas (que deseaban que el dinero público se gastase eficazmente), e izquierdistas (que deseaban el alivio de la pobreza) eliminaron las “muescas” del sistema de seguridad social. Los presidentes Jimmy Carter, Ronald Reagan, George H. W. Bush, Bill Clinton, e incluso George W. Bush y sus partidarios crearon el sistema actual, en el cual las tasas impositivas y los umbrales de elegibilidad no son desincentivos excesivos contra la empresa.

Entonces, ¿cuál es el problema que encuentra la nueva generación de críticos conservadores estadounidenses al seguro social? No es que aumentar el nivel de vida de los pobres por encima de la mera subsistencia produzca una catástrofe malthusiana, ni que los impuestos y el retiro de los beneficios de asistencia social hagan trabajar a la gente, en el margen, por nada.

Para Eberstadt, el problema es que la dependencia del gobierno es emasculadora, y que demasiadas personas dependen de él. Para Brooks, ese saber que los programas públicos hacen la vida más fácil lleva a votar a favor de los candidatos no republicanos. Para Murray, el seguro social significa que un mal comportamiento no conduce a la catástrofe –y necesitamos que así sea para evitar que la gente se comporte mal–. El punto crucial es que las élites conservadoras estadounidenses creen en Brooks, Eberstadt y Murray.

Hasta el día de hoy, Mitt Romney está convencido de que perdió la presidencia en 2012 porque Barack Obama regaló injustamente un seguro de salud subsidiado a los latinos, cobertura gratuita de salud reproductiva a las mujeres (excepto por el aborto) y “dádivas” similares a otros grupos. Nunca pudo “convencerlos de que deben asumir personalmente la responsabilidad y ocuparse de sus vidas”. De hecho, sería muy difícil para cualquier candidato convencer a los estadounidenses que reciben beneficios gubernamentales de que eso produce dependencia en vez de potestades; que es malo que la gente vote a los políticos que mejoran sus vidas y que las buenas políticas públicas buscan crear catástrofes humanas en vez de evitarlas.

El problema para los conservadores estadounidenses no es su elección de candidatos ni el tono de su retórica. Es que sus ideas no son políticamente sostenibles.