La Argentina fracturada

1 de marzo, 2013

La Argentina fracturada

(Columna de José Anchorena, director de Desarrollo Económico de la Fundación Pensar)

La Argentina está habitada por dos poblaciones cada vez más escindidas. El país tuvo siempre una notable desigualdad de ingresos, aunque algo menor que la de la mayoría de los países de Sudamérica (la excepción siempre fue Uruguay). Tomando largos períodos, esa desigualdad de ingresos ha venido creciendo desde la década del ‘70. La mejora posterior a la crisis de la convertibilidad se reveló como un rebote pero no una tendencia. Lo veíamos desde antes pero lo comprobamos en los últimos cinco años que la distribución del ingreso prácticamente no ha cambiado. Similar rebote sucedió luego de la crisis hiperinflacionaria de principios de los ‘90, para luego estabilizarse en un nivel mayor.

Por supuesto que los datos que tenemos son de distribución del ingreso laboral. En la EPH prácticamente no se recaba ingreso de capital, lo que según nuestros cálculos no es menos del 60% del ingreso total, por lo que no sabemos realmente la evolución de la distribución del ingreso total en las últimas décadas. Tampoco conocemos la distribución de la riqueza, pero hay ciertos indicios de que empeoró con respecto a los años previos a la crisis de la convertibilidad. El principal de esos indicios es la caída del porcentaje de propietarios de vivienda, de cerca de 80% en 2001 a menos de 75% en 2010. No hay razones para pensar que con un mercado hipotecario prácticamente inexistente ese índice haya cambiado de tendencia en los últimos años ni que lo hará en el próximo lustro.

Las “desigualdades”

Pero la escisión de la sociedad argentina excede a las desigualdades de ingresos y de riqueza. Las diferencias son culturales, de oportunidades, de acceso, de estilos de vida: son dos ecosistemas completamente distintos. Las ilustraciones son múltiples: es la villa junto al country, es la escuela pública y la escuela privada, es el hospital público y la obra social, es el transporte público y el automotor, es la (in)seguridad pública y la seguridad privada, es La Salada y el shopping céntrico. Nuestro diagnóstico es que, si bien la desigualdad de ingresos y riqueza recorre toda la historia económica argentina, la escisión social se ha profundizado fuertemente en las últimas décadas.

En otras palabras, la correlación entre ingresos y otras variables socioculturales ha aumentado. Por ejemplo, era proverbial la visión de la escuela pública como instrumento integrador de todas las clases de la sociedad. Hoy, la correlación entre nivel de ingreso y concurrencia a la escuela privada es mucho más alta que en el pasado.

La ilustraciones pueden constatarse con datos algo más “duros” provenientes de la EPH. Mientras que en el Gran Buenos Aires el 91% de las familias con hijos del decil de mayores ingresos tiene ambos padres viviendo bajo el mismo techo, en el decil de menores ingresos el valor es de sólo 55%. En Chaco los valores caen a 88% y 37%, respectivamente. Mientras que en el GBA el 41% del decil mayor tiene estudios universitarios completos, en el decil más bajo es de sólo 4%. Los valores son de 55% y 2%, respectivamente, para el Chaco. Mientras que en el GBA el acceso a gas de red pública para cocinar es de 86% en el decil más alto, es de sólo 35% en el de menores ingresos. Los valores son de 74% y 17%, respectivamente, para Santiago del Estero. En el Chaco el 12% de las familias del decil de mayores ingresos vive en una casa con techo y/o piso precario, en tanto que el valor es de 71% para aquellas del decil más bajo. En el GBA, la informalidad laboral es de 19% en el decil de mayores ingresos y de 79% en el de menores ingresos. Los datos equivalente para el Chaco son de 17% y 90%, respectivamente.

Si comparamos niños nacidos en familias de los deciles de mayores y de menores ingresos, las diferencias son igualmente alarmantes (aunque difíciles de medir) para la expectativa de vida, la probabilidad de ser encarcelado, la mortalidad materna y la probabilidad de ser madre joven. A través de esas condiciones iniciales tan disímiles para los hijos, la fragmentación inicial se perpetúa .

La sociedad escindida es un factor determinante de cuatro grandes problemas argentinos. El primero es la mayor violencia urbana, que se da cuando dos grupos sociales no se reconocen uno al otro. El segundo es la debilidad de las instituciones, incluyendo partidos políticos pero también el cumplimiento de todo tipo de reglas. El tercero es la traba que supone la escisión para el crecimiento económico: ¿cómo pueden crecer indefinidamente mercados fragmentados por diferentes grados de informalidad y de evasión? El cuarto problema es la inestabilidad política: una sociedad polarizada implica grandes vaivenes de política y la consiguiente incertidumbre para sus ciudadanos.

Quizás la metáfora más apropiada es la que presenta a la Argentina como dos países entremezclados. De esta manera, no sólo tenemos una distribución muy desigualitaria del ingreso sino también nociones culturales y comportamientos completamente disímiles. Creemos que esta escisión es el principal problema de nuestra sociedad.

Caminos y desafíos

Un plan de desarrollo para el país debe tener como norte cerrar la brecha entre las dos Argentinas. No entraremos aquí en políticas específicas para obtener ese fin. Simplemente mencionaremos cuatro lineamientos. El primero es la construcción de un Estado eficaz y eficiente. Eficaz significa que si el Estado tiene un objetivo, lo cumpla. Es lo que el Estado bajo el kirchnerismo no logra: en pocas palabras, que las escuelas eduquen, que los hospitales curen, que la policía proteja, que la Aduana impida el contrabando, que la AFIP impida la evasión, que el Ministerio de Trabajo reduzca la informalidad, que la CNRT regule para tener trenes de calidad, etcétera. Nótese que, debido a la escasez de recursos, no será eficaz si no es eficiente. La eficiencia es una precondición para la eficacia.

El segundo lineamiento es el establecimiento de una meritocracia social: debe recompensarse a las personas que aportan al bienestar general, lo cual incluye la meritocracia privada de las empresas, pero que la exceda e incluya también recompensas a la sociedad civil (ONG’s) y a los emprendedores, innovadores y científicos. Se trata de una política económica y cultural (esto es porque las recompensas pueden ser tanto formales como informales) que determine un sistema de incentivos nacional que promueva el crecimiento, la igualdad de oportunidades, la movilidad ascendente y la integración. La promoción de la meritocracia social llevará a mayor justicia y menor resentimiento, con la conseguiente cohesión social.

El tercer lineamiento es la promoción de una democracia de propietarios. Se trata de que la mayoría de la población tenga no sólo un ingreso corriente proveniente del trabajo sino activos de su propiedad. La extensión de la propiedad a la mayoría de la población también llevará a mayor cohesión social.

Cuarto, una política de pleno empleo que incluya un mercado laboral dinámico, alianzas públicoprivadas de promoción laboral y amplios seguros de desempleo.

En suma, existe una escisión en la sociedad argentina que se ha venido agrandando en las últimas cuatro décadas y no ha disminuido en los últimos años. El presente Gobierno, sea por inoperancia o desidia, no ha logrado paliarla, y por momentos parece promoverla. El próximo gobierno deberá ponerla al frente de sus preocupaciones. Sólo trabajando sobre la mayor cohesión social se estará en posición de solucionar otros grandes problemas, tales como la inestabilidad de la política económica y la violencia urbana.