“Hay un triunfalismo injustificado en la región”

Entrevista a Gabriel Palma

12 de marzo, 2013

“Hay un triunfalismo injustificado en la región”

El economista chileno Gabriel Palma, senior lecturer de la Universidad de Cambridge, del Reino Unido, le ha dedicado una parte importante de su vida académica a entender por qué los países asiáticos pueden crecen a tasas altas y por un período extendido y los latinoamericanos, por el contrario, se quedan sin oxígeno a poco de arrancar. Sobre este tema, y otros, dialogó con El Economista.

Usted dijo que los países de Asia, en términos de crecimiento económico, son maratonistas: pueden crecer a tasas altas por un tiempo extendido. En cambio, los latinoamericanos son corredores de media distancia: puede crecer a tasas altas pero por un período corto de tiempo. ¿A qué causas atribuye esta diferencia?

Llevo muchos años mirando América Latina desde la óptica asiática. La gran diferencia que encuentro no es que en América Latina no podamos crecer. En los últimos 50 años, prácticamente todos los países de la región tuvieron un periodo de crecimiento a nivel asiático. Brasil y México en los ’60 y ’70, Chile desde mediados de los ’80 a fines de los ’90. La Argentina en los ’90 y algunos en los 2000. Perú en los ’90 y algunos años más recientemente o Brasil en unos pocos años con Lula. Sin embargo, ninguno de estos países logró sostener ese crecimiento. Por eso digo que somos corredores de corta o (cuando mucho) de media distancia. La diferencia no es que Corea crezca al 7%, sino que lo está haciendo hace 50 años. Y lo mismo con Singapur o Taiwán. China crece al 8% hace 30 años. La India a 7- 8% hace 30 años. Vietnam, al 8% hace 25 años. Y no es que estuvieron exentos de problemas en el camino. Corea, Malasia y Tailandia, por ejemplo, sufrieron la crisis de 1997. Pero resuelven los problemas en el camino y se las ingenian para retornar rápidamente a su tasa de crecimiento previa.

Siguiendo con la metáfora, ¿por qué tienen mejores pulmones los asiáticos?

Esta pregunta da para mucho debate, pero la sintetizaría en tres puntos: esfuerzo, políticas procrecimiento y la diferencia ideológica. Hay que entender estas diferencias para entender por qué nosotros nos quedamos sin oxígeno tan rápido y por qué los asiáticos no.

Arranquemos con la cuestión del esfuerzo.

Sólo basta mirar las tasas de inversión privadas y públicas de Asia y las de América Latina. En las primeras, ellos están siempre alrededor del 25% del PIB mientras que a nosotros pareciera que nos da vértigo cuando subimos del 15%. Y en las públicas, desde las reformas cuesta encontrar un país latinoamericano donde la inversión pública pase del 3% del PIB, mientras que en el Asia son prácticamente todas de dos dígitos. Además de la inversión, también hay un problema de esfuerzo en la calidad de la educación (mientras que en nuestra América todo el esfuerzo se da en la cantidad), y en la investigación y desarrollo (I&D). Los asiáticos tienen más ganas y más urgencia, y ponen más esfuerzo en el desarrollo, y eso no hay que minimizarlo.

¿Y con respecto a la política económica?

Los países asiáticos, sean chicos o grandes o tengan gobiernos de izquierda, centro o de derecha, tienen una política macroeconómica que podríamos denominar, en términos muy generales, como keynesianas. La macro es procrecimiento, con tipos de cambio estables y competitivos, con tasas de interés bajas y estables, y hay políticas industriales y comerciales. Hay todo un paquete de política muy distinto al latinoamericano. No hay ninguno, por ejemplo, que tenga el tipo de cambio tan sobrevaluado como el de Brasil o Chile. Ninguno deja su tipo de cambio a merced de los capitales de portafolio. El tan criticado tipo de cambio chino no es para molestar al resto del mundo, es una parte central de su política exportadora; si uno quiere que sus exportaciones crezcan al 15% anual, tiene que agregar constantemente nuevos productos a la canasta exportadora, y tener un tipo de cambio que le permita sobrevivir al producto marginal (nuevo) de la canasta. Además, saben muy bien lo que le pasó a Japón tras el “Plaza Accord” de 1985, cuando sobrevaluaron al yen respecto del dólar, el marco y la libra. Hasta ahí llegó el “milagro” japonés pues de ahí para delante fue cuesta abajo en la rodada. En América Latina, luego de las reformas, prima el Consenso de Washington en su versión más primitiva. Prima la macromonetarista que sólo se preocupa por el inflation targeting, dejando los tipos de cambio a merced de los caprichos de los mercados financieros y de los cambios transitorios en los precios de las commodities. Tampoco hay política industrial porque se cree que el mercado siempre asigna mejor. Otro ejemplo son las tasas de interés altas, como las de Brasil. A ver si encuentra algún país asiático que tenga esas tasas. Y lo mejor de todo son todos los cuentos que le cuentan tantos economistas brasileños de por qué se necesitan esas tasas de interés. No hay nada como los economistas ortodoxos para contar cuentos. ¿Se acuerda de todos los cuentos que justificaban lo que hacían los mercados financieros antes de la crisis del 2007/08? De haber sido economista ortodoxo, Gabriel García Márquez se hubiese ganado el premio Nobel.

¿Qué hay para decir del tercer punto, “las diferencias ideológicas”?

En Asia hay un gran pragmatismo en la política económica. Es algo muy importante. Ellos ven la economía con la cabeza fría y no la piensan como una religión. Su cultura milenaria sin duda les ayuda a no deslumbrarse con ideologías del Siglo XIX, como la neoliberal, empaquetadas en un bonito papel de modernidad. Esta diferencia se ve claramente en cómo hicieron ellos las reformas económicas y cómo las hicimos nosotros. Recuerdo cuando le preguntaron a Gustavo Franco, presidente del Banco Central de Brasil durante los ’90, cuál era el espíritu de las reformas, él contestó: “Deshacer 50 años de estupideces”. Es la misma actitud de Domingo Cavallo en la Argentina, de los Chicago Boys en Chile, de Alberto Fujimori en Perú, de Abdalá Bucaram en Ecuador y de Carlos Andrés Pérez en Venezuela. Se pensaba que lo que había era un desastre irreparable y que la única solución era destruirlo para que de sus cenizas emergiera “lo puro” en toda su gloria y majestad; era algo así como una visión distorsionada del mito del Ave Fénix. Eso se aplicaba especialmente a la manufactura generada por la sustitución de importaciones. Esa actitud destructiva y de tomar a la ideología neoliberal como religión no pasó en Asia. Allí, el énfasis estaba en revitalizar lo que ya había, y las reformas fueron más pausadas y se hicieron pensando en qué cosas convenían y cuáles no. En la India, por ejemplo, las reformas comenzaron en 1980, pero la primera apertura comercial vino en 1987 y la financiera recién en 1993. Les dieron tiempo a los agentes internos para ajustarse. Hicieron las cosas con la cabeza fría, y no fueron fundamentalistas como nosotros. Cuando viajo a Asia siempre me preguntan cómo un país como Chile no tiene royalties para las exportaciones de commodites. El royalty sobre el cobre es irrisorio y es sólo para decir que hay royalty. En los últimos años, Chile transfirió al exterior, vía repatriación de utilidades de empresas extranjeras (básicamente de cobre), más que un PIB de Paraguay o Bolivia por año. Las utilidades repatriadas anualmente equivalen alrededor del 10% del PIB chileno. Encuentre a un país asiático que permita eso.

¿Qué dirían o harían en Asia?

Poner un royalty de verdad para dejar, por lo menos, la mitad de eso en Chile y, así, subir la inversión pública, mejorar la salud, financiar la educación o estimular aún más una política de viviendas populares. El rechazo al royalty de verdad es algo ideológico. Por ejemplo, BHP Billiton, uno de los grandes jugadores del cobre en Chile, paga el 30% de royalty en Australia, sede de su casa matriz, y sólo 2% en Chile. Y Australia no es un país radical de izquierda; es bastante neoliberal pero, en eso, más racional.

¿Qué otras diferencias encuentra?

Otra diferencia es que hay Estados fuertes frente a los mercados. Keynes decía que el mercado es un buen sirviente pero un mal amo de la actividad económica. Keynes siempre reclamaba un Estado fuerte, independiente del mercado, que marque la cancha, regule y discipline al sector privado. Una vez trazados esos límites, el mercado puede asignar recursos. Eso pasa en toda Asia, ya sea en países con gobiernos de izquierda, de centro o de derecha.

En América Latina, cada vez que el Estado debe lidiar con los grandes grupos privados les tiemblan las piernas. Otro rasgo que destacó de Asia es su “sentido de urgencia”. ¿A qué se refiere?

Por ejemplo, China quiere ser un país desarrollado pero lo quiere llegar a ser en 10 años más. Cuando Corea empezó su proceso de industrialización, no quería simplemente hacer un poquito de “catching- up”; quería cambiar su estructura productiva en 20 años. Ese sentido de urgencia no existe en América Latina.

Vayamos específicamente a América Latina. Hay una visión general muy positiva sobre lo que pasó, en términos económicos, en la región en la última década. ¿Cuál es su visión?

En toda la historia económica latinoamericana no ha habido un período con una conciencia tan falsa sobre lo que nos está pasando como el de los últimos diez años, específicamente desde que comenzó el boom de las commodities.

¿Por qué?

Miremos, por ejemplo, la supuesta y tan mentada reducción de la vulnerabilidad externa o macroeconómica. Hoy todo depende de los altos precios de las commodities, y estos son absolutamente frágiles. Chile tiene hoy, a pesar de los altos precios del cobre, un déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos de aproximadamente 4% del PIB. Si el precio del cobre volviera a su valor del 2003, cercano a su precio histórico, ese déficit pasaría del 4% al 18% del PIB, es decir, mucho peor que en la crisis de 1982. No caben dudas de que el boom de las commodities ha generado una bonanza. Pero la gente, desde la época de Adán y Eva, comete siempre el mismo error: creer en forma maníaca que todo lo bueno es permanente y todo lo malo, transitorio.

¿O sea que los términos de intercambio actuales no llegaron para quedarse?

Cualquier persona que sepa de historia económica sabe que las bonanzas en los precios de las commodites son transitorias; y que cada vez que hubo una, se pensó que era permanente (“este vez es diferente”). Salvo el caso del petróleo (y esto por razones muy específicas), no existe ninguna razón para pensar que ahora será así en las otras commodities. El hierro, por ejemplo, cayó el año pasado de US$ 200 la tonelada a US$ 88 y el dato casi pasó desapercibido. Eso mismo le puede pasar a la soja, al cobre o casi cualquier otra commodity.

¿No hay factores reales, es decir, de demanda detrás de los precios?

No es tan así. Pongo el ejemplo del cobre, que es el que yo sigo más de cerca. La demanda china crece a dos dígitos y por eso, en los últimos años, su participación en la demanda mundial de cobre pasó del 5% al 20%. Pero el restante 80% de la demanda está estancada. En promedio, entonces, la demanda mundial de cobre está creciendo sólo a 3-4%.

Entonces, ¿es todo especulación?

Cómo explica, sino, que el precio del cobre sea más de tres veces superior al del 2003, que era un precio histórico y normal. Es prácticamente pura especulación. No hay motivos significativos de demanda real detrás; sí de demanda financiera. Al momento de la crisis en el 2008, el precio estaba casi a US$ 4 la libra, y con la crisis cayó a US$ 1,4 (el nivel del 2004); pero de ahí en adelante la inundación de liquidez que han hecho los bancos centrales de los países desarrollados lo volvió rápidamente a US$ 4, y tuvo picos de US$ 4,5. Hoy está alrededor de US$ 3,5 (casi US$ 8.000 la tonelada, cuando históricamente fluctuaba entre US$ 1.500 y 3.000). En el caso del hierro, después de la increíble caída del año pasado, ha vuelto a crecer en 60% en los últimos cuatro meses, llegando a US$ 140 dólares la tonelada: 10 veces más que su precio en el 2002. Es tal el pánico a que caigan los precios de los activos financieros (incluido ahora las commodities), que han anegado los mercados financieros de liquidez a través, entre otras fuentes, del quantitative easing. El Dow Jones y otros indicadores bursátiles están hoy en los mismos niveles que en 2007, antes de la crisis. ¿Con qué fundamentos? Ninguno. La única explicación es la liquidez, que prefiere volver a jugar al casino que bajar a la economía real, con todos sus enormes problemas.

Y esa liquidez termina yendo a las commodities…

Es tanta esa liquidez que ya no alcanzan las monedas típicas de refugio, como el franco suizo, o los metales preciosos como el oro y la plata. Y terminan yendo al cobre y otras commodities, al igual que la vuelta a las acciones bursátiles. El Dow se ha más que duplicado desde su punto más bajo en el 2009, y el FTSE ha subido 68% desde entonces, con la economía británica en recesión. Otra vez, lo más entretenido son los cuentos que le cuentan los economistas ortodoxos sobre cuáles son los fundamentos que justifican eso. Ade – más, como dije, los commodities al menos tienen algo de crecimiento de demanda en el mundo y por eso tienen más atractivo que otros instrumentos o inversiones (por eso es importante lo que pasa en China). Pero el ajuste hacia abajo puede llegar y darse muy rápidamente; los especuladores ganan apostando hacia arriba de la misma forma que después ganan apostando hacia abajo.

¿Eso afectaría mucho a la región?

Sí, una caída rápida de los precios de las commodities no le dejaría tiempo ni espacio para hacer un aterrizaje suave. Chile podría pasar de un déficit de cuenta corriente de 4% a uno de dos dígitos en pocos meses. Ese podría ser el regalo troyano que Sebastián Piñera le deje a Michelle Bachelet. Puede ser un ajuste brutal. Lo más increíble es que no hay ninguna conciencia de esto en la región. El Banco Central de Chile deja que el peso se siga apreciando contra el dólar como si la cuenta corriente estuviese en terreno positivo, y no hubiera ningún riesgo externo potencial. Mire a Brasil: aún con bonanza, el año pasado el PIB estuvo creciendo en menos del 1%, con un déficit de cuenta corriente ya importante y un saldo comercial industrial negativo de US$ 60.000 millones anuales. Todas las bonanzas fueron, son y serán transitorias. No hay que ser visionario para decir esto; sólo basta un mínimo conocimiento de historia económica. No sólo hay poca conciencia sobre la fragilidad de la bonanza, sino que se ha usado mal. Se ha hecho un ajuste vía consumo. Las tasas de inversión, pese a la bonanza, no han mejorado en forma significativa; las tasas de consumo, en cambio, han crecido a tasas altísimas. No está mal que aumenta el consumo ni es algo negativo en sí, pero hay que captar ese excedente y, luego, usarlo para la inversión pública y privada, para crear nuevas capacidades productivas.

La Argentina tiene retenciones a las exportaciones de soja, por ejemplo.

Es uno de los pocos países que lo hace, pero hay que ver qué se hace con esos recursos; la inversión pública es sólo algo más del 4% del PIB, pero hay un gasto social significativo. En Chile, la inversión pública es del 3% y en Brasil apenas llega al 2% del PIB. En los países asiáticos la inversión pública tiende a ser de dos dígitos.

En un artículo reciente, su colega Dani Rodrik manifestó que será crecientemente raro encontrar “milagros de crecimiento”. Decía que sería cada vez más difícil para los países en vías de desarrollo hacer, como hicieron los del este de Asia en las últimas décadas, ese formidable catch-up productivo. ¿Usted coincide o es menos pesimista que su colega?

Puede ser que Rodrik tenga razón, pero no por las razones que él cree. Aún existen grados de libertad para hacer “milagros económicos” en la región. No hay nada que impida que la inversión privada suba al 25% o la pública llegue a dos dígitos, ni que impida mejorar la calidad educativa o su financiamiento, ni la capacidad para absorber tecnología o que haya más pragmatismo económico. Las condiciones externas actuales y futuras podrán no ser las mejores, pero no es un pijama de fuerzas. En América Latina faltan ganas y falta esfuerzo; lo que tenemos es un capitalismo ‘subprime’, con demasiados aspectos rentistas, al que sólo le gusta “la fruta al alcance de la mano” (‘the low-hanging fruit’).

¿Qué instrumentos económicos deben usar hoy los Estados para hacer política industrial?

Muchos creen que la política industrial es muy compleja y que requiere un sector público muy sofisticado. Pero a veces se puede hacer política industrial de manera muy simple. Volviendo al caso chileno, se podría estimular, vía royalties, la producción y exportación del cobre fundido y no del concentrado (castigando a este último con un alto impuesto a sus exportaciones). Eso daría los incentivos para hacer, por lo menos, la fundición en Chile y, en unos años, hacer cables.

El 20% de las exportaciones totales de la Argentina van a Brasil. De las industriales, 40-50% van a Brasil. Del 100% de los automóviles que exporta la Argentina, más de 80% van a Brasil. ¿Qué tan importantes son los mercados regionales y acuerdos comerciales, como el Mercosur, para apalancar procesos de desarrollo?

Todos los programas de integración regional son interesantes, pero hay que diversificar. Que 80% de las exportaciones de automóviles vayan a un solo país es algo muy riesgoso para el sector automotriz argentino. No hay nada malo con exportar automóviles a Brasil, pero hay que diversificar. Raúl Prebisch ya decía que los mercados regionales son un buen primer paso para ganar competitividad industrial, pero después hay que abrirse al resto del mundo.

¿Cómo está viendo la economía argentina?

Los primeros años de los Kirchner fueron muy interesantes. Por ejemplo, la moratoria de la deuda, la reactivación de la economía, las mejoras sociales, la caída de la pobreza o la negociación fuerte con el FMI. Pero, como ocurre a menudo en América Latina en lo económico, la estabilidad genera inestabilidad, aunque suene paradójico. El éxito tiene una tendencia para generar condiciones para que se acabe. Porque las cosas iban bien empezó a surgir una actitud un tanto maníaca e omnipotente. Porque las cosas iban bien se pensó que se podía acelerar aun más, sin consecuencias. Pero, como vemos hoy día, esa aceleración, en parte, descarrilló a la economía. Se fue más allá de lo sostenible. Una mala cosecha o una caída en los precios de la soja podrían acelerar los problemas muy rápidamente.

Queríamos ser como los asiáticos…

Pero para parecerse a los asiáticos la inversión privada debió llegar al 25% del PIB, la inversión pública debe ser de dos dígitos, la educación tiene que mejorar en calidad y no sólo en cantidad, y se debe estimular el I&D y la capacidad para absorber tecnología. Las ganas son importantes, pero para parecerse a los asiáticos hay que hacer más cosas.