Lluvias, políticas y cosechas

Perspectivas para 2013.

27 de diciembre, 2012

Lluvias, políticas y cosechas

Los pronósticos de la mayoría de los economistas, hasta hace apenas un mes, arrojaban para 2013 un crecimiento de la economía del orden del 4 al 5% anual. Sus fundamentos estaban en la cosecha récord, la recuperación de Brasil –lo que implicaba por lo menos un no agravamiento de la crisis de la Unión Europea– y el gasto público pre-electoral. No todos compartíamos estos pronósticos. Quienes creemos que el ajuste estructural en la UE llevará a la depresión, y sólo en el mejor de los casos evitará el surgimiento de gobiernos populistas en las economías más agravadas, no apuntamos al 5% anual. Tampoco creemos en una recuperación sólida de Brasil. El gasto público seguramente mantendrá el consumo. Y el campo, con una anunciada tendencia de cosecha fina muy perjudicada por las lluvias, dependerá de la gruesa.

Perspectivas de la cosecha 2012/2013

A mediados de diciembre, con una primavera récord en precipitaciones, la cosecha fina ha mostrado los efectos combinados de menor siembra de trigo –iliquidez más política económica negativa (DEX + ROE’s)– junto a inundaciones en buena parte de la zona triguera, y reemplazo de trigo por cebada. Ambos cosechados con exceso de plagas por efecto de la humedad, en trigo se esperan 10 millones de toneladas (versus 13,8 millones de la temporada anterior) y en cebada 4,6 millones de toneladas versus 3,6 millones en la anterior. En ambos, con menor calidad.

La siembra de granos gruesos viene muy complicada por las lluvias. Los pronósticos técnicos prevén fuertes precipitaciones estivales con una frecuencia promedio inferior a la semanal. Está sembrado apenas el 50% de la soja y el resto, si se puede, será una siembra récord de soja de segunda. Al maíz, con grandes oportunidades por el alto precio internacional por efecto de la sequía anterior de EE.UU., le afecta lo mismo que al trigo: la incidencia de la intervención pública. Hasta YPF tiene ahora ROE’s de etación.

Si el otoño no es lluvioso, la cosecha de soja puede empardar las expectativas, pero difícilmente supere los 50 millones de toneladas en el más optimista de los casos. En suma, en nuestra expectativa, la cosecha total 2012/ 2103 será de entre 95 y 100 millones de toneladas, mayor que los 83,5 millones de la anterior, pero no tan cerca de los 102 millones de 2010/2011. Estos guarismos arrojarían dos resultados: ingresos al Fisco nacional por retenciones menores a los presupuestados, debido al cupo impuesto a las ventas externas de trigo (se perderían por los menos US$ 500 millones de exportaciones) y a la menor cosecha esperada. Los precios internacionales dependerán de la cosecha de soja y maíz de Brasil, que por ahora viene mejor que la de Argentina, por lo cual no serán un boom pero no caerían demasiado con respecto a los actuales.

El otro resultado será la –continua– falta de financiamiento de las economías privadas de la pampa húmeda extendida. Con una cosecha fina acotada no hay liquidez, con una gruesa sin mayores excedentes, y ante la renovada presión tributaria de los gobiernos provinciales de la región, el margen se contrae. Con ello, el consumo y la inversión privada regional tendrán un período más que difícil. Con ellos, el nivel de actividad 2013 promete ser inferior, nuevamente, en el interior en relación a los centros metropolitanos, financiados por transferencias desde los distintos niveles de gobierno. Así, la contribución del campo a la reactivación 2013 será limitada, y el crecimiento de la economía dependerá de la cada vez más distorsiva intervención del sector público nacional. En nuestra expectativa, la actividad no crecería más allá del 2,5% anual, luego de no crecer en 2012.

Cambiar la percepción acerca del sector agropecuario

El aporte del sector agropecuario y agroindustrial a la economía y a la sociedad argentina ha sido históricamente, y sigue siendo, muy relevante. Su contribución no se detiene en la producción de granos o de carnes pampeanas, sino que se extiende a una vasta red de producciones regionales. Además, los encadenamientos que genera hacia atrás y hacia adelante –innovación y cambio tecnológico, comercialización, transporte, puertos, servicios urbanos regionales, construcción, comercio, consumo y empleo local– son innumerables, siendo la agroindustria uno de los ejes del crecimiento de la economía nacional, y sobre todo regional.

En números, el sector agropecuario y las cadenas agroindustriales aportan el 13% del PIB, el 55,8% de las exportaciones de bienes, el 35,6% del empleo directo e indirecto y el 18,8% de los impuestos (AFIP). A partir de esto, el set de políticas públicas debería estar alineado con estos aportes, potenciándolos.

Pero desde hace diez años se reiteran en la Argentina políticas adversas al sector agropecuario, que suelen resultar –como en cualquier otra economía– en una reducción de la oferta con consecuencias sobre el ciclo económico. Los resultados son elocuentes: el stock vacuno ha descendido desde 56 millones de cabezas hasta 47 millones en los últimos cinco años, y la superficie sembrada de trigo ha perdido terreno a manos del monocultivo de la soja, priorizando la siembra de soja de primera, mientras que el maíz sigue perdiendo terreno frente a esta oleaginosa, con lo cual la rotación de cultivos es menor y la sustentabilidad del suelo se ve amenazada.

Se puede lograr una agroindustrialización de gran escala pero se necesita un cambio en las políticas sectoriales. Las políticas públicas podrían ser consideradas desde ángulos diferentes, y en función del logro de objetivos distintos, que incluyan el crecimiento, el desarrollo regional y la equidad, con la generación de más empleo agroindustrial que reduzca la pobreza rural y mejore, de paso, el federalismo político y fiscal.