El dilema de Hewlett Packard

El alto costo de seguir la modo.

6 de diciembre, 2012

El dilema de Hewlett Packard

Finalmente, Hewlett Packard decidió enfrentarse a la cruda realidad y corregir el cálculo de sus activos, lo que significó reconocer una reducción de US$ 8.800 millones en el valor atribuido a Autonomy, una empresa británica desarrolladora de software por la que pagó casi US$ 10.000 millones el año pasado. La plana mayor de HP acompañó el anuncio con ásperas declaraciones en las que acusa a la firma vendedora de haber manipulado sus estados contables para “inflar” el monto de la transacción.

Nada parece ahora más lejano que el tono triunfal con que fue proclamada la operación en su momento. HP estaba dando así otro paso importante para migrar desde su tradicional negocio de fabricación de computadoras e impresoras hacia el más moderno y rentable terreno del software y los servicios. Sugestivamente, no faltaron quienes advirtieran acerca del excesivo precio que HP aceptó pagar por la operación. Y no se trató sólo del habitual intercambio de rumores entre los analistas del sector.

Poco antes de que se cerrara la transacción, voceros de Oracle, uno de los líderes en el mercado global del software, revelaron que Autonomy les había hecho llegar una propuesta de venta. Los británicos negaron de plano esta información, pero los norteamericanos insistieron en ella y agregaron que no les interesaba la oferta porque los US$ 6.000 millones que se habían establecido como valor de mercado constituían una “evidente exageración”. Este tropezón llega, además, en un momento delicado para Hewlett Packard.

En mayo de este año, anunció que despediría a unos 27.000 empleados de su plantel. Y cerró el balance del tercer trimestre con pérdidas cercanas a los US$ 9.000 millones. Mientras tanto, su valor de mercado experimentó un verdadero derrumbe: en el último año se redujo casi a la mitad, hasta instalarse en US$ 23.000 millones. Alex Klein, un columnista especializado de la revista Newsweek, ironizó, recientemente, sobre esta cuestión, al subrayar que las acciones de HP “ahora valen menos que el PIB de Afganistán y equivalen a tres semanas de ventas de la cadena Wal-Mart”.

El hundimiento del valor de las acciones se concentró durante los escasos once meses que duró la gestión de Leo Apotheker, quien abandonó el timón en septiembre de 2011, tras una serie de traspiés. En febrero de ese año, había lanzado, con bombos y platillos, un dispositivo destinado a competir con el iPad de Apple. El Touch Pad de HP tuvo un pésimo desempeño en el mercado, y fue discontinuado apenas dos meses después. Apotheker aparece así como el perfecto chivo expiatorio a la hora de explicar la malhadada compra de Autonomy.

Sin embargo, la actual CEO, Margaret Whitman (la tercera en instalarse en ese puesto en apenas dos años) admitió públicamente que “la mayoría de quienes estábamos entonces en el directorio aprobamos la operación, algo que lamentamos enormemente”. Tampoco advirtieron nada, por otro lado, las firmas auditoras de prestigio internacional encargadas de vigilar el proceso (ver recuadro).

Comprar hecho

Pero, más allá de las responsabilidades y los cuestionamientos internos, el resbalón de HP pone de manifiesto el costado oscuro de una moda que se impone entre los gigantes tecnológicos. El ritmo de los cambios en el mercado es tan acelerado, que las líderes dependen cada vez menos de los logros de sus propios programas de innovación y desarrollo para mantenerse en la vanguardia, sino que destinan miles de millones de dólares a la adquisición de empresas conocidas por su dominio de alguna área del sector. Se trata, como lo definió un analista en Estados Unidos, de “comprar hecho” lo que supuestamente definirá el futuro de la industria, que ahora apunta a los teléfonos inteligentes, las tabletas y la computación “en la nube”.

Visto desde esta perspectiva, Autonomy parecía el candidato ideal para llevar nueva vida a la septuagenaria HP. Su especialidad es el software para empresas, destinado a analizar el comportamiento de los potenciales clientes y ayudar a tomar decisiones de marketing. El problema, claro, es que, bajo la presión de las circunstancias, las grandes compañías suelen embarcarse en adquisiciones que no han sido suficientemente analizadas.

En el peor de los casos, la historia termina en un fraude, como el que aparentemente se presentó en Autonomy. Pero también se producen perjuicios menos notorios, como los que depara el conocimiento insuficiente de lo que la empresa recién comprada puede o no hacer. Este es también un ingrediente de las tribulaciones que debe soportar HP. Muchos expertos han señalado que los instrumentos provistos por Autonomy no satisfacen plenamente las demandas actuales del mercado y que, en muchos casos, sus funciones pueden cubrirse eficazmente con herramientas más sencillas y económicas, como las que ofrece Google.

Pero nada de esto terminará disuadiendo a los líderes tecnológicos de colocar sus apuestas en tableros ajenos. Algunos, incluso, han tenido excelentes resultados con esta práctica, como es el caso de Oracle, que en 2010 compró a Sun Microsystems (con su célebre sistema Java incluido), lo cual le permitió ampliar sus horizontes y consolidar su dominio. Otras operaciones resultan menos claras en cuanto a su resultado. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, con la decisión de Google de comprar la división de telefonía móvil de Motorola el año pasado, por la que pagó US$ 12.500 millones para dotar de una base física de apoyo a su sistema Android. Y es igualmente dudosa la suerte de la compra de la firma Instagram, especializada en la edición de fotos por Internet, que Facebook concretó hace algunos meses, a un costo de US$ 750 millones, para fortalecer el negocio de la red social.

Recuadro I: Eran ocho hermanas

Un costado menos publicitado, pero potencialmente más explosivo, de los desvelos que ahora padece HP es el de las firmas de auditores bajo cuya vigilancia se desarrollaron los hechos que ahora salieron a la luz. Los estudios contables que concentraban la crema del negocio eran, hasta fines de los ’80, ocho grandes organizaciones que, siguiendo el paso marcado por sus megaclientes, tendieron a asociarse y fusionarse, lo que llevó a que, al culminar la década de los ’90, se redujeran a cinco. Pero en 2001 sobrevino el resonante escándalo de la compañía energética Enron, que arrastró consigo a una de las cinco testas coronadas: Arthur Andersen, responsable de haber supervisado las cuentas del gigante caído en desgracia.

Y así fue como de las privilegiadas ocho hermanas hoy sólo quedan cuatro: PwC (Price Waterhouse Coopers), KPMG, Ernst & Young y Deloitte. Entre todas, manejan un negocio que factura unos US$ 110.000 millones anuales y suman casi 700.000 empleados en todo el mundo. Curiosamente, las cuatro aparecen ahora involucradas en el “caso Autonomy”. P

ara empezar, Deloitte, auditora de la firma ahora cuestionada, y señalada por los directivos de HP como responsable de que los estados contables hayan sido inicialmente aceptados como legítimos. Ernst & Young, el estudio encargado de atender los negocios de Hewlett Packard, no presentó, en su momento, objeción alguna. Tampoco hizo sonar el silbato KPMG, el auditor contratado por HP para examinar las cuentas de Deloitte durante el proceso de due dilligence. La advertencia salió (como suele ocurrir) desde adentro de las filas de ejecutivos de Autonomy. Fue entonces cuando HP decidió contratar los servicios de PwC para que cumpliera con las funciones de forense (nunca mejor empleado el término) del fallido negocio.

Recuadro II: Una republicana de corazón

La actual directora ejecutiva de HP, Margaret Whitman, cuenta con un curriculum profesional en el que se destacan sus diez años (entre 1998 y 2008) al frente de e-Bay, el popular sitio pionero del comercio electrónico. Pero lo que la colocó definitivamente en las portadas de diarios y las pantallas de televisión fue su esforzado (y costoso) intento por convertirse en gobernadora del estado de California. Para eso, se dice que invirtió nada menos que US$ 144 millones de su propio bolsillo en una campaña que terminó costando casi US$ 180 millones.

Pero finalmente perdió la contienda frente al demócrata Jerry Brown, quien ya había gobernado ese estado entre 1975 y 1983, y volvió a reverdecer sus laureles el año pasado. Con una fortuna personal estimada en US$ 1.300 millones, Whitman es una ferviente militante republicana que en la campaña presidencial de 2008 trabajó en el equipo del entonces precandidato Mitt Romney. Cuando el ex gobernador de Massachusetts debió retirarse de la carrera para ceder paso a John McCain, Whitman logró posicionarse en el nuevo entorno, hasta el punto de que en uno de los debates presidenciales fue mencionada como posible secretaria del Tesoro si los republicanos lograban la victoria. Como se sabe, tampoco allí le sonrió la suerte, que siguió resultándole esquiva en el terreno que mejor conoce, el resbaladizo ámbito de los negocios.