Los megabancos de EE.UU.

¿Cambia la visión?

1 de noviembre, 2012

Los megabancos de EE.UU.

(Columna de Simon Johnson, ex economista jefe del FMI, profesor de la Escuela Sloan del MIT e investigador superior en el Instituto Peterson de Economía Internacional. Project Syndicate, 2012)

En la discusión sobre el excesivo tamaño que han adquirido las mayores instituciones financieras estadunidenses se avecina un formidable cambio de opinión. Hace dos años, durante el debate sobre la legislación Dodd-Frank para la reforma financiera, pocos pensaban que los megabancos globales eran un problema apremiante. Algunos destacados senadores llegaron a sugerir que los enormes bancos europeos representaban un modelo para EE.UU. En todo caso, los gobiernos, según los directores ejecutivos de los mayores bancos, no podían imponer un límite al tamaño de sus activos, ya que eso socavaría la productividad y competitividad de la economía estadounidense. Aún se escuchan esos argumentos, pero cada vez más provienen solamente de los empleados de los megabancos globales, incluidos sus abogados, consultores y dóciles economistas.

Todos los demás han aceptado que estos mastodontes financieros se han tornado demasiado grandes y complejos para ser administrados, y que esto produce masivas consecuencias adversas para la economía en su conjunto. Cada vez que el director ejecutivo de uno de esos bancos se ve forzado a renunciar, se acumula evidencia sobre la imposibilidad de administrar estas organizaciones de manera responsable, que genere un valor sostenible para sus accionistas y mantenga seguro el dinero de los impuestos del gran público.

Wilbur Ross, un inversor legendario con gran experiencia en el sector de servicios financieros, articuló claramente la percepción de los entendidos del sector privado sobre esta cuestión. Recientemente comentó en CNBC: “Fue un error que los bancos se hayan sofisticado de la manera en que lo hicieron y me parece que la complejidad es más problemática que la cuestión de su tamaño. Tal vez los bancos se han vuelto demasiado complejos, más que demasiado grandes, para ser administrados”.

Luego de la renuncia de Vikram Pandit como director ejecutivo del Citigroup, John Gapper señaló en Financial Times que “la relación entre precio y valor contable de las acciones del Citi es menos de un tercio de la correspondiente a Wells Fargo”, ya que este último es un “banco estable y previsible”, mientras que el Citigroup se ha tornado demasiado complejo. Gapper también cita a Mike Mayo, un analista líder del sector bancario: “El Citi es demasiado grande para caer, demasiado grande para ser regulado, demasiado grande para ser administrado y ha funcionado como si fuese demasiado grande para que eso le importe”. Incluso Sandy Weill, quien convirtió al Citi en un megabanco, se ha vuelto en contra de su propia creación.

Reguladores despiertos

Al mismo tiempo, los principales reguladores han comenzado a articular –con cierta precisión– lo que debe hacerse. Nuestros mayores bancos deben volverse más simples. Tom Hoenig, expresidente del Banco de la Reserva Federal de la Ciudad de Kansas y actualmente uno de los principales funcionarios en la Corporación Federal de Seguros de Depósitos, propone que los grandes bancos separen sus actividades comerciales de sus operaciones con valores securitizados. Esas culturas nunca se combinaron bien, y las grandes empresas que operan con este tipo valores y títulos son muy difíciles de administrar.

Hoenig y Richard Fisher, el presidente del Banco de la Reserva Federal de Dallas, han liderado el ataque sobre esta cuestión dentro de la Reserva Federal. Ambos enfatizan que “demasiado complejo para ser administrado” es casi sinónimo de “demasiado grande para ser administrado”, al menos dentro del sistema bancario estadounidense actual. George Will, un columnista conservador con muchos seguidores, recientemente apoyó la visión de Fisher. Los grandes bancos reciben un importante subsidio de los contribuyentes, que constituye una protección para sus acreedores. Esto les brinda una ventaja en su financiamiento y distorsiona completamente los mercados. Estos subsidios son peligrosos; fomentan la excesiva exposición a riesgos y un altísimo apalancamiento –que implica una elevada deuda en relación con el patrimonio de cada banco, y excesiva deuda respecto de la economía en su conjunto-.

Ahora, estas cuestiones han sido retomadas por Dan Tarullo, un influyente miembro de la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal. En un importante discurso reciente, Tarullo solicitó poner límite al tamaño de los mayores bancos estadounidenses para limitar sus obligaciones no provenientes de depósitos como porcentaje del PIB –un enfoque completamente sensato que condice con la legislación propuesta por dos congresistas: el senador Sherrod Brown y el representante Brad Miller-. Tarullo tiene razón al desestimar los límites al tamaño de los bancos como una panacea –su discurso dejó en claro que cualquier sistema financiero presenta muchos riesgos potenciales–. Pero, en el lenguaje –a menudo sutil– de los funcionarios de los bancos centrales, Tarullo transmitió un mensaje claro: el culto al tamaño ha fracasado.

De manera más amplia, hemos perdido de vista el propósito de los bancos. El papel de los bancos en todas las economías modernas es esencial, pero ese rol no es asumir riesgos gigantescos y dejar en manos de la sociedad la cobertura de las pérdidas por caídas en el valor de los activos.

Ross volvió a dar en el clavo esta semana cuando dijo: “El verdadero propósito de los bancos, y la verdadera necesidad que tenemos en este país respecto de su accionar, es otorgar créditos, especialmente a las pequeñas empresas y las personas. Me parece que esa es la parte difícil de cubrir y lograr”. Continuó: “Nuestros mercados de capitales son lo suficientemente sofisticados y profundos como para que la mayoría de las grandes corporaciones encuentren variadas alternativas para capitalizarse. Para las empresas más pequeñas y las personas la opción de los mercados de valores no existe. Son quienes más necesitan a los bancos. Creo que en cierta medida se ha perdido de vista ese propósito”.

La visión de Hoenig y Fisher es correcta. Tarullo va por buen camino. Ross y muchos otros en el sector privado entienden completamente lo que hace falta. Lo más probable es que quienes se oponen a las reformas propuestas pertenezcan a los grandes bancos y hayan recibido pagos de esas organizaciones durante el año pasado o el anterior.