La política industrial

9 de noviembre, 2012

La política industrial

(Columna de opinión de Carlos Leyba)

¿Cuánto ha crecido la industria en esta década? Mucho. ¿Se trata de una transformación que nos ha industrializado? Los números impactan. Desde el primer trimestre de 2002 hasta el de este año, el PIB industrial creció 130%. Al 9,5% anual. Tasas chinas. Otros números de contexto también sorprenden. Pero en sentido contrario. La capacidad de producción, en el período, creció menos de la mitad (57%) de lo que lo hizo la producción. También es cierto que recién en 2012 hemos duplicado el PIB industrial de 1970. Y que el capital instalado, por persona ocupada, es menor al de aquellos años. La diferencia entre el crecimiento de la producción y el de la capacidad de producir expone el peso que, en el proceso, tuvo la reactivación de lo ya instalado. Es que la expansión de esta década está dividida por las mitades de recuperación y de crecimiento por nuevas capacidades. Esto no sugiere modernización ni productividad del sistema, y refleja la performance negativa del comercio internacional sectorial.

Contexto histórico

Previo al derrumbe productivo, externo y financiero que provocó la convertibilidad, el pico de PIB industrial fue en 1998. El piso fue en 2002, cuando se inició la década posconvertibilidad. En 2012 el PBI industrial superó en 45% al de 1998. ¿Qué lugar ocupa este período de 15 años en la historia de la industria nacional? Analicemos nueve períodos de quince años. Entre 1886 y 1900, la industria naciente se multiplicó por tres. En los siguientes quince, la industria se duplicó holgadamente. Entre 1914 y 1928 se volvió a duplicar. Pero desde 1928 hasta 1942, en la Gran Crisis, creció sólo 50%. Desde entonces hasta 1956 volvió a duplicarse. Y otra vez lo hizo hasta 1970. En esos “primeros noventa años de la serie” el PIB industrial se multiplicó 90 veces. Una segunda etapa es la que se inicia en la mitad de la década de los setenta. Entre 1970 y 1984 la industria creció 10%; los siguientes quince, hasta 1998, creció 25%. Y desde 1998 hasta hoy la expansión industrial fue de 45%. En esta segunda etapa, la visión negativa del desarrollo hizo que, en 45 años, la industria apenas se multiplicara por dos.

¿Somos conscientes? En cualquier comparación (histórica o internacional) nuestra performance industrial, a partir de la mitad de los setenta, ha sido desastrosa. ¿Cómo ocurrió? En 1975 se instaló un paradigma militante antiindustralista y su herencia se arrastra hasta nuestros días y perfora el cerebro de muchos progresistas. Desde 1975 hasta 1995 el crecimiento del PIB industrial fue cero. Desde 1995 hasta hoy el PBI industrial creció 71%. Mucho crecimiento desde 1995: aunque significa que crecimos sólo 71% en 38 años y a una tasa de 1,4% anual. Una tasa vegetativa para lo que se espera que sea dinamizante. En el año terminal, que fue el 2002, la industria produjo lo mismo que en 1970.

Si decimos “en la década 2002-2012 más que duplicamos la producción industrial”, lo que estamos diciendo es que “recién hemos duplicado el PIB industrial de 1970”. Tardamos 43 años en duplicar nuestra industria.

La última década

Lo notable y positivo de la década 2002-2012 es el ritmo de expansión de la actividad. Es verdad. Pero no menos notable, aunque inevitablemente perturbador, es que la expansión de la producción duplicó el ritmo de ampliación de la capacidad. Esa es la peor noticia: la inversión no ha seguido, ni de lejos, al ritmo de la producción. En la década, las importaciones de bienes intermedios se multiplicaron varias veces. El orden en el crecimiento de los indicadores, primero la importación, después el valor agregado sectorial y finalmente la ampliación de capacidad, avalan una estructura desintegrada. Es que sin ampliación y diversificación contundente de la capacidad instalada no puede producirse una sustantiva sustitución de importaciones. Y menos aún una profunda sustitución de exportaciones, que es lo que realmente importa. Este proceso exportador que estaba en marcha fue abortado a partir de 1975. No fue maldad, sino ignorancia.

Nuestra industria, en 1998, tenía un déficit de comercio exterior de US$ 22 mil millones. Se financió con deuda externa. En 2011, el déficit orilló los US$ 30 mil millones. Se financió con agricultura y minería.

El círculo

El modo de financiar el déficit (endeudamiento o primarización) marca la diferencia de las últimas décadas. El endeudamiento de la convertibilidad llevó al colapso de la capacidad de pago. El modelo basado en la explotación eficaz (la eficiencia se verá en el tiempo) de los recursos naturales paga el déficit comercial industrial. Es mejor pagar con bienes (producción) que con deuda (financiarización). Pero lo que no cambió es el déficit de comercio industrial. La causa común es la ausencia de un proceso inversor de las magnitudes y calidades requeridas. O invertimos en industria (en todos los eslabones de la cadena, o en los claves, o en la mayoría) o, inevitablemente, profundizaremos nuestra dependencia primaria. Mientras profundizamos la primarización podemos celebrar nuestra exitosa capacidad de pago. Pero la transformación, que la hay, será en la dirección equivocada.

Importaciones más producción forman la oferta de bienes para un estándar de vida. Cualquier reducción neta, sin sustitución, es una pérdida de bienestar. Para evitar esa pérdida hay que ir o a más primarización (nuestro paraíso de naturaleza) o a más inversión industrial (nuestra construcción de sociedad). Hasta ahora naturaleza le gana a la sociedad. ¿Por qué? Hoy la cantidad de capital por persona ocupada es inferior a la disponible en 1974. La naturaleza abunda, pero el capital instalado es escaso.

¿Y el trabajo? Nuestra tasa de actividad (Población Económicamente Activa –PEA- sobre población total) es de 46,2% y el desempleo es de 7,2%. España, con un alarmante desempleo de 25%, tiene una tasa de actividad de 60,1% de la población. Con nuestra escasa disponibilidad de capital, un aumento en la tasa de actividad a los niveles de España –condición necesaria para un mayor progreso colectivo– generaría un salto monumental en el desempleo. Hemos crecido en la década. Bien. Pero seguimos incubando las consecuencias de una profunda incapacidad para aumentar el volumen, la calidad y la diversificación de la inversión, sobre todo en la industria. Mal.

No es por falta de recursos: la pródiga naturaleza paga todo, incluida la fuga de capitales y de inversiones. Es la falta de políticas positivas la que hace que esas energías no se tornen en alimento del desarrollo. El problema está en la cabeza. “Los aborígenes australianos… en el inmenso desierto… seguían su exploración girando siempre en redondo… capturaban un lagarto… que era toda comida… y… por la mañana, volvían a ponerse en marcha. Si en lugar de haber girado en círculo, por un instante hubieran seguido en línea recta, habrían llegado al mar, donde los esperaba un festín de tortugas y langostas”, escribió Umberto Ecco.

Desde 1975 estamos girando en círculo para financiar el déficit industrial, lo que impide pensar y actuar para eliminarlo. Quienes dicen ser conscientes de que eso es malo creen que rompen el camino circular mientras avanzan a toda marcha hacia un “cul de sac”.

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