El viento de cola…

...soplará por mucho tiempo.

5 de septiembre, 2012

El viento de cola...

(Columna del economista Miguel Polanski)

Cada día parecen ser más los analistas y estudiosos de la realidad que coinciden en señalar una importante transformación de carácter estructural : la evolución de los países en desarrollo con mayor población, China, la India, Rusia y Brasil, acompañados por algunas economías del sudeste asiático, se ha convertido en el principal motor de la expansión de la economía global.

La consolidación de esta tendencia abre para la Argentina un escenario que promete ser verdaderamente excepcional, más allá de las vicisitudes coyunturales que hoy en día enturbian la actividad en el corto plazo. Aprovechar esta magnífica oportunidad exige sin embargo, tener la voluntad de reexaminar algunos aspectos de nuestra política económica, sobre todo aquellos vinculados con el comercio exterior.

Las premisas sobre las que descansa esa transformación estructural son aceptadas por casi todas las opiniones con autoridad en el concierto internacional, aunque por cierto, con las habituales dudas y prevenciones acerca de la secuencia con la que se sucederán los acontecimientos o con la siempre latente posibilidad de aparición de nuevas fuerzas capaces de torcer y condicionar las tendencias imperantes.

También existen coincidencias generalizadas de que la velocidad de ese crecimiento irá descendiendo a medida que se vaya agotando la posibilidad de transferir población del sector rural a la actividad industrial.

Los motivos

La incorporación al mercado laboral de la industria y el comercio de millones de habitantes que hasta hace poco deambulaban por actividades rurales de muy baja o nula productividad, provoca un impactante salto en la productividad total y también en el ingreso en aquellos países que, por la magnitud de población, transfieren ese impacto al resto del mundo.

Más allá de la forma y la equidad con la cual se distribuye posteriormente la ganancia de esa transformación, la sociedad como un todo genera un creciente aumento en la oferta de bienes y servicios. Estos, a su vez, demandarán bienes y servicios, muchos de los cuales nece sariamente deberán ser provistos por los pocos países con amplia capacidad excedente de alimentos. Esta mecánica funciona razonablemente bien en tanto exista una demanda capaz de absorber cada nueva oleada de productos elaborados por los antes ocupados en menesteres improductivos. El argumento así expuesto parece ser comprendido y aceptado de manera casi universal. Lo que no lo es tanto, es el segundo motor que también impulsa con notable fuerza la expansión de la economía global: el comercio internacional derivado de la comercialización de esa mayor oferta.

Cuando un país como China lleva al mercado mundial más y nuevos productos que intercambia por otros que no produce, que produce menos o en muchos casos, que incluso produce a menor costo, termina generando una ganancia tanto para los compradores como para los vendedores de ambos países, ganancia que deriva de la mayor eficiencia productiva resultante de ese intercambio comercial. Este es un aspecto a veces poco comprendido y valorado en los círculos políticos y empresariales.

Cada vez que se produce un intercambio de bienes, se avanza simultáneamente con la oportunidad a una más eficiente división del trabajo en donde salen ganando las dos partes de la operación. No es cierto que los menores salarios de los países menos desarrollados o que recién se incorporan al proceso productivo destruyen con el comercio todas las actividades productivas en aquellos países donde los salarios son más elevados. Siglos de intercambio comercial demuestran lo contrario.

Si por otra parte fuera cierto, la industria japonesa de posguerra habría acabado con la industria europea y la actual de China con la de numerosos países cuyo volumen de producción industrial es varias veces menor al del gigante asiático. Si ello no ha sucedido y no ocurre en la actualidad, no es por las limitaciones que imponen algunos países a las exportaciones chinas, aunque las trabas ciertamente existen al igual que otros mecanismos de defensa que no siempre se muestran a la luz del día.

El freno lo imponen los propios industriales y comerciantes chinos, que al cabo de poco tiempo advierten que existen oportunidades de mayores ganancias al explotar ventajas relativas que aparecen nítidas cada vez que se realizan nuevas transacciones y se incorporan nuevos productos al mercado. Porque siempre habrá un punto en donde la ventaja relativa de un producto elaborado en un lugar donde se abonan salarios más elevados es mayor que la del mismo producto elaborado en un lugar donde los salarios son más bajos. Es un principio básico de la economía que no siempre resulta fácil de ser asimilado por quienes transitan por otras disciplinas.

También resulta traumático para quienes resultarán perjudicados en forma directa por el cambio en la estructura productiva. Porque los beneficios al igual que la convergencia hacia un nuevo equilibrio no siempre son instantáneos. A veces demora más de la cuenta y, en otras, queda obstaculizado por distintos tipos de restricciones, en cuyo caso el desequilibrio transitorio puede resultar bastante perjudicial para una de las partes. Por otro, lado las transacciones en el mundo real se desarrollan en un escenario global y multipolar en el cual todos comercian con todos y no existe ninguna garantía de que la suma de los beneficios derivados del comercio se distribuya de manera equitativa entre todos los participantes, lo mismo que las pérdidas transitorias cuando las hay, sobre todo en el corto plazo.

Para evitar estas situaciones claramente perjudiciales para la producción local, los países suelen examinar las transacciones internacionales con el objeto de controlar las prácticas predatorias y la competencia desleal, que aparecen no bien se vaticinan épocas de recesión o de baja actividad. Los primeros años del Siglo XXI han sido auspiciosos para casi todos los países del mundo.

La expansión del comercio a una tasa del 6,3% anual acumulada impulsó el aumento del PIB de todos los países a tasas mayores a las que habían registrado en el pasado. La liberalización comercial marcó la agenda de todas las economías, al no divisarse en el horizonte un signo que preanunciara un cambio radical en la tendencia imperante, que finalmente tuvo lugar con la crisis financiera generada por la emisión descontrolada de activos tóxicos.

Luces de alerta

Con el inicio de la crisis, se enciende la alarma y con los primeros síntomas de recesión se desata el temor de una –figurada o real- pérdida de empleo vinculada a la posibilidad de enormes y masivas importaciones incentivadas por la liquidación de stocks que acompañan los procesos recesivos. Es el argumento que utilizan los gobiernos y que respaldan los productores locales beneficiados con las restricciones a las importaciones. Lo cierto es que todas estas prevenciones, que nacen del peligro latente de significativas caídas en el nivel de empleo, siempre tienen también un costo medido en términos de nivel de empleo, de las posibilidades de nuevas inversiones que se inhiben o enervan en virtud de medidas excesivamente restrictivas.

Este es el análisis que debe prevalecer a la hora de formular una estrategia apropiada para aprovechar este viento de cola que, en rigor, no sólo sirve para nosotros, sino también para nuestros vecinos y algunos otros países dispuestos a ocupar cuanto lugar vacante encuentran en el escenario global para posicionarse como proveedores confiables y permanentes.

Porque esta es, en definitiva, la principal llave para desplegar el amplio abanico de posibilidades que se desprenden de una plataforma agroindustrial con elevado grado de competitividad. La cambiante realidad obliga a reformular políticas y medidas que en cierto contexto resultaban adecuadas, pero que ante nuevos escenarios exigen diferentes visiones y estrategias para alcanzar los mismos objetivos.