El “conservadurismo fiscal” estadounidense

¿Por qué es distinto al resto?

4 de septiembre, 2012

El "conservadurismo fiscal" estadounidense

(Columna de Simon Johnson, ex economista jefe del FMI, profesor de la Escuela Sloan del MIT e investigador superior en el Instituto Peterson de Economía Internacional. Project Syndicate 2012)

En la mayoría de los países, ser “fiscalmente conservador” significa preocuparse mucho por los niveles del déficit fiscal y los niveles de deuda y, además, situar esas cuestiones en los primeros puestos de los objetivos de política económica. Actualmente, en muchos países de la zona del euro “los conservadores fiscales” son un grupo potente, que insiste en la necesidad de aumentar la recaudación impositiva y, al mismo tiempo, controlar el gasto. En Gran Bretaña, también, el oficialismo conservador se ha mostrado recientemente dispuesto a aumentar los impuestos y a limitar el gasto futuro.

Estados Unidos es muy diferente en este aspecto. Allí, a políticos destacados que se llaman a sí mismos “conservadores fiscales” –como, por ejemplo, Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia de Mitt Romney en las elecciones de noviembre– les interesan más las reducciones de impuestos, independientemente del efecto que tengan en el déficit federal y en la deuda total.

¿Por qué los “conservadores fiscales” de EE.UU. se preocupan tan poco por la deuda pública en comparación con sus homólogos de otros países? No siempre ha sido así. Por ejemplo, en 1960 los asesores del presidente Dwight Eisenhower propusieron que redujera los impuestos a fin de allanar el camino para que su vicepresidente, Richard Nixon, fuera elegido presidente. Eisenhower se negó, en parte porque no le gustaba demasiado Nixon ni confiaba en él, pero sobre todo porque consideraba importante entregar un presupuesto casi equilibrado a su sucesor.

El marco para la política macroeconómica de EE.UU. cambió espectacularmente cuando el sistema monetario internacional se desplomó en 1971. Ya no podían mantener un tipo de cambio fijo entre el dólar y el oro: la piedra angular del sistema posbélico de Bretton Woods. Dicho desplome se debió a que EE.UU. no quiso endurecer la política monetaria y aplicar una política fiscal más restrictiva: es comprensible que para Nixon mantener contentos a los votantes. fuera más importante que mantener un sistema mundial de tipos de cambio fijos.

Sin embargo, resulta irónico que, en lugar de socavar el predominante papel internacional del dólar, el fin del sistema de Bretton Woods terminó aumentando su utilización en todo el mundo. Mucho se ha escrito –y muchas manos se han retorcido al respecto– sobre la decadencia del dólar a lo largo de las últimas cuatro décadas, pero sigue siendo cierto que los activos en dólares de EE.UU. poseídos por extranjeros en la actualidad son mucho mayores que en 1971.

Esta situación tiene un lado bueno y otro malo, porque ha permitido a EE.UU. preocuparse menos por sus cuentas fiscales. Los extranjeros poseen ahora la mitad, aproximadamente, de toda la deuda del Gobierno Federal y están dispuestos a conservarla aún cuando produce un rendimiento muy bajo en dólares (e incluso cuando se deprecia).

El dólar, activo seguro

En realidad, siempre que el mundo parece inestable, los inversores quieren poseer más activos en dólares, aun cuando EE.UU. sean la causa de la inestabilidad. Cuando los bancos grandes del país. tienen problemas o cuando los americanos están disputando otra debilitante lucha política sobre sus finanzas públicas, los inversores mundiales se zambullen en los títulos del Tesoro de EE.UU. El angustiante enfrentamiento en el Congreso el año pasado por el límite máximo de la deuda federal le puede haber costado a los EE.UU. la calificación AAA de su deuda soberana con Standard & Poor’s, pero los costos del endeudamiento del Gobierno Federal son, en realidad, menores ahora que entonces.

¿Qué ha hecho EE.UU. con esta oportunidad, probablemente el financiamiento menos costoso de la historia de la Humanidad? No demasiado en materia de inversión productiva, fortalecimiento de la educación o mantenimiento de las infraestructuras esenciales. Pero sí han hecho mucho más en cuanto a la aprobación de recortes impositivos que aumentaron el consumo en comparación con el ingreso y los ingresos del Gobierno en comparación con el gasto. Es el duradero legado de las reducciones “temporales” de impuestos aprobadas por el gobierno de George W. Bush a comienzos de la década del 2000.

La deuda, ¿importa?

Y los americanos se han inclinado en gran medida por concepciones políticas –de derechas o de izquierdas– que consideran a la deuda pública una cuestión menor o, como dijo el ex vicepresidente Dick Cheney: “Reagan nos enseñó que los déficit no importan”. Se refería a Ronald Reagan, que redujo los impuestos, acumuló mayores déficit y no sufrió consecuencia política adversa alguna. No cabe duda de que Ryan y los miembros del ala del Tea Party del Partido Republicano quieren reducir el tamaño del Gobierno Federal y han formulado planes para hacerlo durante varias décadas.

A corto plazo, lo que prometen son, sobre todo, son reducciones de impuestos: todo su programa económico va orientado en esa dirección. El cálculo es que eso será políticamente popular (probablemente sea cierto) y facilitará, más adelante, aún más los recortes de gasto (lo que no es tan evidente que sea popular). Se pasa por alto, sencillamente, la vulnerabilidad causada por una deuda pública mayor en las próximas décadas. Por ejemplo, Ryan apoyó la orgía de gasto de George W. Bush. También apoya el mantenimiento del gasto de defensa en su nivel actual o similar, y se opuso a los recortes aplicados en la Ley de Control Presupuestario de 2011. La tesis que manejan –no declarada y muy discutible– es que EE.UU. podrá vender una cantidad ilimitada de deuda pública a tasas de interés bajas durante el futuro previsible.

No hay ningún otro país en el mundo en el que los conservadores fiscales desearían verse relacionados a una apuesta tan arriesgada.