La elección limitada de Estados Unidos

Obama, Romeny y las urgencias de la hora.

14 de agosto, 2012

La elección limitada de Estados Unidos

(Columna de opinión de Mohamed A. El-Erian, economista, CEO de PIMCO y autor de “When Markets Collide”. Copyright Project Syndicate, 2012)

La opinión generalizada sobre las elecciones presidenciales Estados Unidos es sólo parcialmente correcta. Sí, las cuestiones económicas jugarán un papel importante a la hora de determinar el resultado. Pero el próximo paso en el argumento –que el ganador de una contienda cada vez más desagradable tendrá el lujo de implementar políticas sustancialmente diferentes de las de su oponente– es mucho más incierto. Para cuando comience el próximo mandato en enero de 2013, y contrariamente al discurso de campaña actual tanto de Barack Obama como de Mitt Romney, quien ocupe el cargo se encontrará con un espacio limitado de maniobra en materia de política económica.

De hecho, las diferencias potenciales para Estados Unidos están en otra parte, y todavía tienen que ser comprendidas de manera adecuada por los votantes. Se centran en las políticas sociales que acompañarán a un conjunto bastante similar de medidas económicas. Y aquí las diferencias entre los candidatos son trascendentales.

Quien gane tendrá que hacer frente a una economía que crecerá a un ritmo lento: 2% o menos el año próximo, con el persistente riesgo de un freno total. El desempleo seguirá siendo demasiado elevado, y casi la mitad de esta cifra será una desocupación difícil de resolver y de largo plazo, -mucho más si tenemos en cuenta (cosa que deberíamos hacer) los millones de norteamericanos que quedaron fuera de la fuerza laboral-.

El costado financiero de la economía también será un motivo de preocupación. El déficit fiscal seguirá coqueteando con un nivel del 10% del PIB, lo que sumará temores respecto de la dinámica de la deuda de mediano plazo del país. El sector bancario todavía estará “saliendo del riesgo”, limitando el flujo de crédito a pequeñas y medianas empresas y reduciendo la contratación y la inversión en plantas y equipamientos. Y el sector de las familias sólo habrá atravesado una parte de su doloroso proceso de desapalancamiento.

El frente de las políticas será igualmente inquietante. Luego de haber titubeado y discutido durante demasiado tiempo, al Congreso le resultará cada vez más difícil dilatar una acción frente a estos desafíos. Mientras tanto, el activismo inusual de la Reserva Federal, que incluye una lista cada vez más larga de medidas experimentales, arrojará menos beneficios y conllevará crecientes costos y riesgos. La economía de Estados Unidos también estará operando en un contexto global más difícil. En los próximos meses, la crisis de deuda de Europa muy probablemente empeore. En un momento en que las economías emergentes (inclusive China) se desaceleran, y cuando la coordinación de políticas multilaterales sigue siendo inadecuada, las presiones proteccionistas aumentarán conforme las principales potencias comerciales tengan que competir por una torta estancada.

Opciones limitadas

De modo que, más allá de si se impone Obama o Romney, el próximo presidente se verá coartado por la doble necesidad de una estabilización económica urgente y de reformas a más largo plazo. Y, con el viento de frente desde Europa y una desaceleración global sincronizada, los candidatos no tendrán otra alternativa que implementar, al menos inicialmente, políticas económicas similares para restablecer una creación dinámica de empleos y una mayor estabilidad financiera. A fin de lograr el equilibrio adecuado entre un estímulo económico inmediato y una sustentabilidad fiscal a mediano plazo, el paso más urgente será contrarrestar correctamente el abismo fiscal en ciernes, ya que los recortes tributarios temporarios expirarán y las reducciones profundas y generalizadas del gasto empezarán a hacer efecto automáticamente. No tomar estas medidas aumentaría significativamente el riesgo de una recesión. Se necesitan reformas presupuestarias de mediano plazo para hacer frente al legado de repetidos fracasos parlamentarios.

Y, si le presentan números realistas, el próximo presidente pronto se dará cuenta de que la combinación correcta de reformas tributarias y del gasto entra en un rango mucho más estrecho de lo que sugieren los discursos políticos enfrentados de hoy. Ciertamente no es una propuesta de una cosa o la otra. Las reformas fiscales funcionan mejor en una economía dinámica. Con este fin, Obama y Romney tendrán que eliminar los impedimentos para el crecimiento y la creación de empleo. Una vez más –en áreas como la vivienda, el mercado laboral, la intermediación crediticia y la infraestructura– existe menos espacio de maniobra de lo que la mayoría de los políticos nos quieren hacer creer.

Pero esto no significa que no haya terreno para las diferencias. Lo hay, y reflejan el hecho de que las tendencias económicas generales estarán acompañadas por una dinámica de múltiples velocidades en muchos niveles. Desde las persistentes diferencias en las tasas de desempleo dependiendo de las habilidades y la educación hasta las desigualdades en materia de distribución de la riqueza, cada decisión económica estará acompañada por la necesidad de un criterio social –ya sea explícito o, más probablemente, implícito– respecto de su impacto distributivo.

Después de una era de exceso de apalancamiento, creación de deuda y acceso al crédito que culminó en la crisis financiera global de 2008, Estados Unidos todavía enfrenta el difícil desafío de distribuir pérdidas acumulativas que inhiben continuamente la inversión, los empleos y la competitividad. Hasta ahora, la excesiva polarización política del Congreso se tradujo en una estrategia que trasladó gran parte de la carga del ajuste a aquellos con menos capacidad para soportarla. En un mundo ideal, el próximo presidente de Estados Unidos rápidamente se embarcaría en una estrategia de dos medidas para restablecer el dinamismo laboral y la solidez financiera.

Primero, diseñaría un conjunto integral de iniciativas en materia de política económica que resulten factibles y a la vez deseables –y, una vez más, el margen para diferencias importantes aquí es limitado–.

Segundo, acompañaría esto con un conjunto explícito de políticas sociales –y aquí las potenciales diferencias son profundas– que aborde la necesidad de una distribución equitativa de la carga.

La “verdadera” elección

Esta no es una elección sobre cuestiones tan acaloradamente debatidas como el oustourcing, incrementos impositivos versus reformas de programas sociales, control gubernamental de la producción versus actividad ilimitada del sector privado, o creadores de empleo versus beneficiarios sin contrapartida. Tiene mucho más que ver con conceptos asociados de justicia social, privilegios, igualdad y, sí, patrones de comportamiento para una sociedad rica y civilizada.

Esta es una elección que tiene que ver con la responsabilidad social –la obligación de una sociedad de apoyar a aquellos a quienes les cuesta, y no por propia culpa, encontrar empleos y llegar a fin de mes–. Es una elección que tiene que ver con proteger a los segmentos más vulnerables de la sociedad, ofreciéndoles acceso a una mejor cobertura médica. Es una elección que tiene que ver con reformar un sistema educativo que defrauda a los jóvenes (y con ofrecer una capacitación apropiada a quienes la necesitan). Entre las numerosas cuestiones de justicia e igualdad, tiene que ver con que los ricos le retribuyan a un sistema que les reportó una riqueza inimaginable.

Es aquí donde las diferencias entre Obama y Romney son importantes. Cuanto antes el debate de campaña gire en torno a esto, mayor será la probabilidad de que los norteamericanos hagan una elección más informada y, en consecuencia, se involucren en el esfuerzo colectivo necesario para escapar del malestar nacional.

(De la edición impresa)