La continuidad y la teoría

Los cuatro desequilibrios de la economía.

22 de agosto, 2012

La continuidad y la teoría

(Columna de opinión de Carlos Leyba)

La campaña de Bill Clinton instaló la idea de “es la economía, estúpido”. No fue un exitoso eslogan sino la constatación que la economía expulsaba a G.H.W. Bush de la Presidencia. Es estrecha la vinculación entre economía y continuidad en el poder. La bonanza alimenta continuidad. Y el malestar económico atiza el desequilibrio. La continuidad tiene algo de calma. El desequilibrio es complicado, entre otras razones porque “nada desaparece (realmente) hasta que se lo reemplaza (realmente)”. Las apariencias engañan. Un ejemplo: la Alianza se propuso hacer desaparecer al menemismo. No logró reemplazarlo. Prueba: terminaron conducidos por Domingo Cavallo como ministro plenipotenciario de Fernando de la Rúa. Ingresó por la acción del renunciado vicepresidente de la Alianza y frustrado aspirante a jefe de Gabinete. Previamente Carlos “Chacho” Alvarez había denunciado a De la Rúa cuyo juicio se sustancia en estos días. ¡Qué periplo!

El ejemplo evidencia que, en el desequilibrio generado por el malestar económico, no es fácil el reemplazo de las personas (hacedores y managers) pero más difícil es el reemplazo de la teoría que dio lugar al malestar. La Alianza continúo con la convertibilidad y el neoliberalismo. La crisis final (2001) no fue obra de la voluntad política sino de la decisión de los prestamistas externos que retiraron el financiamiento.

La bonanza económica alimenta la continuidad política. El “déme dos” cerraba industrias y generaba desempleo y pobreza. Pero la dosis –siendo letal en el largo plazo– no terminaba de erosionar el voto en el corto. El malestar económico sólo asegura el desequilibrio político, pero no alimenta el reemplazo de las causas reales del malestar. Para el reemplazo hace falta mucho más.

¿Cuál es la información estadística que disponemos para medir el grado de percepción de bonanza o malestar en un momento dado? Para aproximarnos al presente tomemos el Indice de Confianza del Consumidor (ICC) de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). En 1999 el ICC estaba en un sube y baja que evidenciaba el crecimiento de la desconfianza. A fines de 2001 la caída del ICC fue importante y el valle inferior se tocó en junio de 2002 (29 puntos). El malestar de entonces, medido por la caída de la confianza, estuvo asociado a la recesión (el PIB cayó 11,3% en 1999) y al nivel del desempleo (14% en 1999). La magnitud de esas caídas provocó un proceso deflacionario (los precios en diciembre de 1999 fueron menores que en 1998 y 1997).

El nivel de la actividad económica y de empleo, y los movimientos de los precios componen una ecuación que determina el nivel de malestar o bienestar. Eso se refleja en la confianza del consumidor. Y en proximidad a un proceso electoral influye en la continuidad. Ahí vamos. Después de la crisis de la convertibilidad, el crecimiento de la confianza fue notable, como también lo fue el crecimiento del empleo y de la actividad económica, mientras que los precios –luego de absorber la devaluación– comenzaron a recorrer una tendencia creciente.

Cambio de tendencia

Pero a partir de julio de 2011 se observa una caída en el Indice de Confianza del Consumidor hasta llegar, en julio de 2012, a similares niveles de confianza a los de 1999. ¿Qué pasó? Las estimaciones de inflación –dejando a un lado las cifras del Indec que no son tenidas en cuenta a la hora de su función más relevante, que son las negociaciones salariales– rondan el 20/25%. Pero las expectativas de inflación en junio, surgidas de una encuesta de la UTDT, son de 35% promedio. Percepción de un nivel de inflación preocupante y creciente.

La actividad económica se encuentra en una situación de desaceleración. El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) del Indec en mayo reflejó un crecimiento anual de 0,2%, lo que implica una caída de la producción por habitante. La UIA estima, para junio, una caída anual de la producción industrial del 6,5%.

Los cuatro desequilibrios

La señal más preocupante está en el empleo. El crecimiento del empleo (Encuesta de Hogares), en el primer trimestre de 2012 fue de 0,6% respecto del mismo período de 2011. Es la menor tasa en seis años. El ministro de Trabajo, Carlos Tomada, mostró su preocupación por este tema. El Indice de Demanda Laboral (UTDT), de abril a julio de este año, está en el mismo nivel del primer cuatrimestre de 2002. Confianza, problemas de actividad económica, de empleo y de inflación surgen, al comenzar esta segunda mitad del año, como problemas de desequilibrio que –si estuviéramos en tiempos electorales– presentarían problemas para alimentar la continuidad.

Pero, independientemente del calendario de la política, son cuatro problemas gruesos que hay que resolver. El más serio, por su costo social, es el del empleo. Problema que no se resuelve sin crecimiento. Pero que no se resuelve sólo con crecimiento. El crecimiento menemista generó desempleo y la década pérdida de Raúl Alfonsín no acusó desempleo. Nada es lineal.

Es altamente probable que la economía salga de la caída, la desaceleración o el estancamiento, básicamente como consecuencia de la producción y los precios de la soja y del futuro impacto favorable de las importaciones brasileñas. Pero sin una política de empleo, que no se limite al sector público o a la política social, será difícil revertir la tendencia a la desvinculación del empleo respecto del crecimiento. Hacerlo supone una estrategia de inversión hoy ausente. Queda como problema la inflación. Difícil para una gestión que estima que seis pesos por día alcanzan para comprar una dieta alimentaria saludable y que tiene “in mente” otros niveles de precios que los de la vida cotidiana.

Nadie trata una enfermedad que cree no tener. Esta, por no ser tratada, bien puede erosionar la confianza. La procura de la continuidad, más allá de los beneficios que depara a quienes gobiernan, sería una buena noticia si se avocaran a la solución de los dos problemas, que a pesar de la probable mejora en el nivel de actividad, pueden afectar negativamente la confianza de los consumidores y la posterior de los ciudadanos. Esos son la cuestión de la desvinculación, desaceleración o estancamiento del empleo y la aceleración o el estancamiento de la inflación. Ambos problemas, cuando crecen más allá de un límite, generan desequilibrios que son malos para la continuidad. Pero peores para todos los ciudadanos. Los dos son problemas estructurales; y al no ser tratados como tales, están acusando una realidad que la política no parece percibir, entre otras razones, por una debilidad de la teoría que está detrás de la política.

(De la edición impresa)