El desempleo y la desesperanza

¿Se repetirá el ciclo de la Gran Depresión?

8 de agosto, 2012

El desempleo y la desesperanza

(Columna de opinión nde J. Bradford DeLong, profesor de economía en la Universidad de California, en Berkeley e investigador asociado del Bureau Nacional de Investigaciones Económicas. Durante la gestión de Bill Clinton se desempeñó como Asesor del Tesoro de EE.UU. Copyright, Project Syndicate, 2012)

Por muy mala que uno piense que sea la situación actual del ciclo económico global, ese es sólo uno de los cristales a través del cual se puede mirar al mundo. En términos de esperanza de vida globales, riqueza mundial total, nivel tecnológico, perspectivas de crecimiento de las economías emergentes y distribución global del ingreso, el panorama luce bastante bien.

Sin embargo, en otros aspectos, como el calentamiento global o la desigualdad del ingreso al interior de los países (y sus efectos sobre la solidaridad social), la cuestión pinta definitivamente mal.

Incluso si se mira desde el punto de vista del ciclo económico, la situación ha sido mucho peor en el pasado. Pensemos en la Gran Depresión y en las dificultades de las economías de mercado de ese entonces de recuperarse por su cuenta, debido, principalmente, al flagelo del desempleo de larga duración de gran parte de la población económicamente activa. Pero si bien no hemos llegado a ese punto, la Gran Depresión no debería ser totalmente ignorada por nosotros, dado que es cada vez más probable que el desempleo de larga duración se convierta en un obstáculo similar para la recuperación económica en los próximos dos años.

En su momento de mayor crudeza, en el invierno de 1933, la Gran Depresión parecía una forma de locura colectiva. Los trabajadores estaban parados porque las empresas no los contrataban, las empresas no lo hacían porque no veían mercados para sus productos y no había mercados porque los trabajadores no tenían ingresos y por ello no podían gastar. En ese punto, gran parte del desempleo había llegado a ser de larga duración, lo que tuvo dos consecuencias.

En primer lugar, la carga de los desequilibrios económicos recayó de manera desigual sobre la población. Ya que los precios al consumidor bajaron más rápido que los salarios, subió el nivel de vida de quienes lograron mantener sus empleos. Y, en su gran mayoría, quienes sufrieron más fueron los que perdieron el empleo y no pudieron recuperarlo.

En segundo lugar, fue quedando claro que iba a ser muy difícil reintegrar a los desempleados incluso a una economía de mercado medianamente funcional. Después de todo, ¿cuántas empresas no preferirían a alguien recién llegado a la fuerza de trabajo, en lugar de un desempleado ya maduro? El simple hecho de que la economía acababa de sufrir un largo periodo de desempleo masivo hizo que fuera difícil recuperar los niveles de crecimiento y empleo, tal como debería haber ocurrido.

Las devaluaciones de los tipos de cambio, los déficit fiscales moderados y el paso del tiempo fueron, todos ellos, remedios ineficaces. Los mercados laborales altamente centralizados y sindicalizados, por ejemplo en Australia, tuvieron tantas dificultades para enfrentar el desempleo de larga duración como los mercados laborales descentralizados y liberalizados, como era el caso de Estados Unidos. Las soluciones fascistas a la italiana resultaron ser igual de infructuosas, a menos que fueran acompañadas de un veloz rearme, como en Alemania.

La clave

Finalmente, en Estados Unidos, fue la proximidad de la Segunda Guerra Mundial y la demanda de bienes militares que ello implicó lo que impulsó a los empleadores del sector privado a contratar a desempleados de larga duración con salarios que les resultaron aceptables. Pero, incluso hoy, los economistas no pueden explicar con claridad por qué el sector privado no pudo encontrar la manera de dar ocupación a los desempleados de larga duración en los casi diez años transcurridos desde el invierno de 1933 a la movilización general para la Segunda Guerra.

El grado de persistencia del desempleo, a pesar de las diferentes estructuras del mercado laboral e instituciones nacionales, sugiere que conviene tomar con pinzas las teorías que señalan solamente un fallo específico para explicar todo el fenómeno.

Al principio, durante la Gran Depresión los desempleados de larga data buscaban con entusiasmo y diligencia fuentes alternativas de trabajo. Pero, pasados unos seis meses sin lograrlo, tendían a desalentarse y a perder la fe. Tras doce meses sin empleo alguno, el típico desempleado seguía en la búsqueda, pero con desgano y ya casi sin esperanzas. Y después de dos años de desempleo, ante la perspectiva cierta de quedar al final de la fila de espera de cualquier posible contratación, ya habían perdido toda esperanza. En la práctica, había quedado al margen del mercado de trabajo. Así fue el patrón de los desempleados de larga duración en la Gran Depresión, y también en Europa occidental a fines de los ‘80.

En uno o dos años, es muy probable que lo volvamos a ver en las economías del Atlántico Norte. Por más de cuatro años he argumentado que los problemas que experimentamos actualmente en el ciclo económico hacen necesario aplicar de modo proactivo medidas más expansivas en lo monetario y fiscal, y que muchos de los problemas que sufrimos hoy desaparecerían rápidamente si así se hiciera. Este argumento sigue siendo cierto.

No obstante, a menos que se produzca una interrupción repentina e inesperada de las tendencias actuales, esta sugerencia va a ir perdiendo cada vez más validez en los próximos dos años.

Tal como están las cosas, lo más probable es que de aquí a dos años los principales problemas del mercado laboral en la región del Atlántico Norte no radiquen en el lado de la demanda. Si ese fuera el caso, esas tensiones se podrían solucionar fácilmente con medidas más proactivas de impulso a la actividad económica y el empleo. Serán, me temo, problemas estructurales más relacionados a la participación en el mercado de los desempleados de larga data. El problema es que, en ese caso, no habrá políticas sencillas ni fáciles de aplicar.

(De la edición impresa)