La batalla de las expectativas

Dólar y política.

6 de junio, 2012

La batalla de las expectativas

(Columna de opinión de Andrés Bonifacio, Gerente de Economía y Finanzas de Ecolatina, y Lorenzo Sigaut Gravina, Economista jefe de Ecolatina)

El año pasado se perdieron los pilares del modelo productivo. El tipo de cambio real bilateral con el dólar cerró apenas por encima del 1 a 1, el saldo de la cuenta corriente fue nulo y las finanzas públicas entraron en déficit (Nación y provincias). Sin embargo, lo más preocupante fue que por primera vez en años el balance cambiario cerró deficitario: se perdieron US$ 6.000 millones de reservas por una elevada fuga de capitales. Tras las elecciones presidenciales, el Ejecutivo implementó controles a la compra de divisas para detener la dolarización de activos y apuntaló la oferta a través de la repatriación de fondos de las aseguradoras y la obligatoriedad de que mineras y petroleras liquiden el 100% de sus exportaciones. El shock de oferta y el freno a la demanda comenzaron a equilibrar la ecuación, pero las aguas se calmaron recién cuando el BCRA garantizó la disponibilidad de divisas para quienes tenían depósitos en dólares en el sistema financiero. Contenidas las expectativas se logró, a fines del año pasado, frenar la incipiente corrida contra el peso y el retiro de divisas de los bancos.

Sin embargo, en el mercado cambiario operaba una “tensa calma” o, si se prefiere, un equilibrio inestable que dependía en buena medida de expectativas positivas sobre la economía argentina. Lo importante es que se había conseguido tiempo para implementar los cambios necesarios para corregir los desequilibrios acumulados. La sintonía fina esbozada por el Ejecutivo a fines de 2011 implicaba afinar las medidas económicas para encauzar los próximos cuatro años de gestión. La idea era sencilla, recuperar la holgura fiscal recortando los subsidios a los sectores de mayores ingresos, implementar un plan de “convergencia nominal” con una pauta salarial acotada y deslizar el tipo de cambio a un ritmo algo más elevado para acotar la pérdida de competitividad cambiaria.

La fortaleza política de la Presidenta (reelecta con 54% de los votos) apuntaló las probabilidades de que esa estrategia se lleve exitosamente a la práctica. Es más, se generaron expectativas favorables sobre un acomodamiento de las principales variables de la economía. Esta confianza prolongó la frágil estabilidad cambiaria al primer trimestre de 2012. Sin embargo, en pocos meses las decisiones del Ejecutivo –más controles e intervenciones– se apartaron de las expectativas generadas en torno a la sintonía fina, lo que provocó un fuerte shock negativo: se esperaba una línea de acción pero el Ejecutivo tomó otro camino.

De esta forma, al no cumplirse con las expectativas formadas sobre la resolución de los problemas macroeconómicos, éstas mutaron rápidamente hacia el pesimismo. En los últimos meses se observó un deterioró del clima de negocios, una menor confianza de los consumidores y un mayor apetito por el dólar. La reversión de las expectativas se tradujo rápidamente en mayores tensiones cambiarias. Los controles percibidos como transitorios se volvieron permanentes, lo que impulsó la cotización del dólar en el mercado paralelo. La brecha cambiaria alcanzó niveles del 30%, el BCRA volvió a vender divisas en algunas rondas y se reactivó el retiro de depósitos en dólares de los bancos, impactando sobre las reservas (menores encajes).

Asimismo, por el lado de la inversión se observa una parálisis en las decisiones de hundir capital en la Argentina. El sector de la construcción se enfrió notablemente: se están terminando las obras comenzadas pero los nuevos proyectos están congelados a la espera de un panorama más claro. También se observó una caída del gasto en Equipo Durable de Producción, ya sea por menor demanda o problemas para importar bienes de capital. Esto significa que la inversión está cayendo, lo que prenuncia el comienzo de un proceso recesivo.

Para complicar el cuadro, la suba de precios no pierde fuerzas: en los últimos tres meses las expectativas de inflación alcanzaron el 30%, acelerándose respecto del 2011. Las trabas a las importaciones no sólo están afectando el proceso productivo sino también a los precios. Además, existe el riesgo de que la brecha cambiaria pueda convertirse en un acelerador de la inflación. En síntesis, queda claro que el margen de maniobra en el frente económico se ha estrechado significativamente. Y en este punto queremos destacar el rol fundamental que han jugado las expectativas a la hora de explicar el fuerte deterioro macroeconómico observado en los últimos meses.

Para encauzar el rumbo, el Gobierno no sólo deberá implementar una nueva estrategia sino transmitir las señales correctas para recomponer las expectativas. La implementación de medidas parciales puede ser efectiva en un contexto favorable, pero pierde relevancia en un escenario de pérdida de confianza. Actualmente nos ubicamos en el segundo caso, por lo que se necesita un plan consistente y coherente para resolver los problemas objetivos potenciados por la percepción subjetiva de los agentes.

La buena noticia es que la situación estructural aún es sólida: el sistema financiero local es pequeño pero solvente, el endeudamiento del sector público con el sector privado y en moneda extranjera es acotado y la situación mundial –pese a la elevada incertidumbre– es particularmente benévola para el país (términos de intercambio elevados y tasas de interés en niveles mínimos). La mala noticia es que el peso de los problemas económicos subieron de categoría: el dólar está en el centro del debate y las expectativas se han desalineado. Apostar a que en 2013 la restricción externa se disipará por cuestiones exógenas (una buena cosecha agrícola, recuperación de Brasil y final feliz para la Unión Europea) es demasiado arriesgado. Problemas más complejos exigen soluciones más elaboradas. Es hora de implementar una política económica consiste que incluya una estrategia para apuntalar las expectativas. Si se insiste en el camino adoptado, el deterioro ganará velocidad, especialmente en un mundo que vuelve a complicarse.

(De la edición impresa)