China envejece

22 de mayo, 2012

China envejece

400 millones: ésta es la cantidad de habitantes que hoy vivirían en China (además de los actuales 1.400 millones) si no se hubieran aplicado las políticas de restricción demográfica que Beijing puso en marcha a partir de fines de los años ‘70. Estos programas oficiales (que abarcan desde estímulos económicos hasta campañas de concientización) explican también que, en materia de crecimiento de la población, el índice chino se sitúe en apenas 0,47%, uno de los más bajos del mundo (el país ocupa el puesto 156° del ranking global).

Si se contempla la cuestión con la perspectiva que brinda el tiempo, el éxito de estas políticas resulta elocuentemente impactante: en 1971 el promedio de hijos concebidos por las mujeres chinas durante su vida fértil era de 5,4. Cuatro décadas después el índice había bajado a 1,54. El tema, por cierto, estuvo atravesado por discusiones políticas y mandatos doctrinarios desde mediados del siglo pasado y hasta la actualidad.

La idea de que una población numerosa y en rápido crecimiento representaba un formidable escudo contra las pretensiones de los enemigos de la revolución comunista de 1949 se instaló como dogma en los primeros años del régimen liderado por Mao Tse Tung. Sin embargo, la dura realidad de la multiplicación de bocas para alimentar (y niños para educar, pacientes para atender en hospitales y familias para albergar) se impondría, poco después, como un obstáculo, más que como una ventaja, en el camino de la atribulada China socialista. Ya a mediados de la década del ’50 quedaría claro que, al menos para la óptica oficial, la actitud patriótica era demorar la edad del matrimonio y limitar el número de hijos a uno.

Para esto, los planificadores gubernamentales no apelaron sólo a la propaganda, sino que instituyeron un severo sistema que se hace sentir hasta el presente. Las parejas que no cumplan con el mandato oficial de un hijo por familia deben enfrentarse, aún hoy, a la obligación de pagar una multa que suele resultar equivalente al ingreso anual de uno de los cónyuges, si quieren evitar que sus hijos sean privados del acceso a la educación pública y, más tarde, de un empleo en el todopoderoso aparato estatal. La adhesión al credo oficial de un único hijo trae aparejado, en cambio, un atractivo abanico de beneficios: subsidios de diverso tipo, pagos de bonos en efectivo, una licencia por maternidad más extensa, cuidado infantil de mejor calidad y planes preferenciales de vivienda.

Claro que la exitosa campaña tuvo también su lado oscuro. Por un lado, en las extensas zonas rurales, donde el hijo varón es contemplado como la garantía de un sostén económico para sus padres en la vejez, el infanticidio femenino terminó convirtiéndose en una horrorosa práctica habitual: las niñas eran eliminadas al nacer para habilitar a los padres a probar suerte con una “segunda oportunidad”. Por otra parte, no sólo se promovió el aborto para mujeres que estuvieran transitando su segundo o tercer embarazo, sino que el aparato oficial alentó la esterilización de hombres y mujeres que ya hubieran cumplido con su “cuota” de nacimientos permitidos.

Efectos indeseables

Sin embargo, el formidable éxito del plan de control de la natalidad tendría un precio que comenzó a detectarse, entre los círculos académicos locales y extranjeros, ya en la década de 1980. Según proyecciones oficiales realizadas en 1987, la población china mayor de 60 años sumaría, al concluir el siglo, 127 millones de habitantes, lo que equivaldría a poco más del 10% de la población. Pero en 2025 los adultos mayores conformarían una masa mucho mayor: 234 millones (con una gravitación del 16,4% sobre el total). Y el panorama resultaría más inquietante en 2040, cuando uno de cada cuatro residentes en el país se encontraría encuadrado en la categoría de jubilado.

Esto representaría, seguramente, un desafío difícil de enfrentar para los recursos públicos en general y para el sistema sanitario en particular. En las seis décadas transcurridas desde la Revolución, el régimen pudo enorgullecerse de haber logrado la erradicación de enfermedades de larga presencia en el país, como el cólera y el tifus, y de haber reemplazado los esquemas colectivos de asistencia médica por planes de atención individual. Mejoraron también, notablemente, los índices de expectativa de vida (que rozan los 75 años en la actualidad) y se redujeron drásticamente las tasas de mortalidad infantil (ahora ubicadas en 1,5%).

No menos inquietante resulta el análisis del impacto que tendría esta enorme masa de población alejada del mercado de trabajo sobre la actual distribución de la riqueza. Aunque está lejos de cumplir el sueño fundacional de una sociedad sin clases, China se presenta hoy como un país en el que las brechas de ingresos no son en absoluto tan abismales como las que suelen predominar en la región: la quinta parte más rica del país gana apenas seis veces más que el quintil más pobre.

Quién es quién en el ranking global

País                            Habitantes                          % de la población mundial
China                        1.347.350.000                   19,22
India                         1.210.193.422                     17,26
EE.UU.                     313.484.000                        4,47
Indonesia               237.641.326                         3,39
Brasil                        192.376.496                         2,74
Pakistán                   179.463.000                       2,56
Nigeria                     162.471.000                        2,32
Rusia                         143.056.383                        2,04
Bangladesh             142.319.000                        2,03
Japón                         127.650.000                      1,82

China según pasan los años
Censo         Habitantes
1953           582.603.417
1964           694.581.759
1982           1.008.175.288
1990           1.133.682.501
2000          1.265.830.000
2010           1.339.724.852

Larga marcha atrás

Otra consideración de carácter estratégico contribuye a avivar un debate cada vez más público en torno a la cuestión. La meta histórica de pasar de la actual condición de “fábrica del mundo” hacia una economía impulsada por el conocimiento y la innovación se torna cada vez más lejana en la medida en que una población activa envejecida se aferra al statu quo en lugar de apostar al emprendedorismo y la creatividad. “Al revés de lo que se ve en el mundo desarrollado, China se haría vieja antes de hacerse verdaderamente rica”, reflexiona el economista James Liang, quien acaba de publicar un ya controvertido libro sobre el tema (“Too Many People in China?”), que fue rechazado por varias editoriales antes de publicarse, por la naturaleza del tema.

La singularidad (y el potencial riesgo) del caso chino es que, a diferencia de Europa y Estados Unidos, que demoraron algo más de un siglo en convertirse en sociedades en proceso de envejecimiento, el Gigante Asiático recorrió un camino más acelerado: la transformación se consumaría en apenas cuatro décadas. Según un estudio del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de Naciones Unidas, China cuenta hoy con una masa de habitantes de 20 a 24 años que suma 120 millones y que disminuirá en algo más de 20% durante la próxima década. Otras investigaciones subrayan que la población económicamente activa alcanzará el pico de los 1.000 millones en 2013, y luego comenzará, inevitablemente, a descender.

¿Están dispuestos, entonces, los dirigentes del partido y del gobierno a poner la marcha atrás en un mecanismo que evidentemente fue esencial para la construcción del milagro económico chino pero que ahora amenaza con marchitarlo prematuramente? Hasta ahora, las respuestas han sido tibias y contradictorias. Para frenar la ola de infanticidios femeninos en las regiones rurales, se ha autorizado a las familias campesinas a tener dos hijos si su primer vástago fuera una niña. En algunas provincias, las parejas en las que ambos miembros provienen de hogares con un hijo único pueden aspirar a concebir más de un bebé. Y en algunos grupos étnicos que podrían quedar condenados a desaparecer si se aplicaran plenamente las restricciones, se viene desplegando una política más flexible. Pero aun así la desactivación del freno demográfico parece dubitativa y lenta a los ojos de muchos analistas. Y es que, en rigor, prevalece entre los funcionarios el temor a que el antiguo apego de los chinos a engendrar grandes familias se reedite en cuanto se aflojen las actuales ataduras.

Recuadro: Botón de muestra

Las numerosas industrias chinas orientadas exclusivamente a la exportación son las que en mayor medida se han volcado a contratar trabajadores menores de 25 años, a los que entrenan de acuerdo con los estándares de calidad que rigen en el sector. Estos enclaves manufactureros suelen estar concentrados en la región del Delta del Río Perla, desde donde llegan crecientes advertencias acerca de una ya apreciable escasez de recursos humanos. Los empleados de mayor edad no gozan de las preferencias de estas empresas, que optan por los que llegan al mercado laboral con mejores niveles de educación y condiciones de salud que sus colegas más veteranos.

(De la edición impresa)

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