Chamberlain tenía razón

7 de febrero, 2012

(Columna de opinión de Bradford J. DeLong, ex secretario adjunto del Tesoro de los Estados Unidos, profesor de Economía en la Universidad de California, en Berkeley e investigador asociado en la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas. Copyright Project Syndicate, 2012)

Actualmente se recuerda a Neville Chamberlain como el primer ministro de Gran Bretaña que, como avatar del apaciguamiento de la belicosa Alemania nazi a finales de los ’30, terminó metiendo a Europa en la Segunda Guerra Mundial. Pero, en los primeros años de esa década decisiva y relativamente poco después del comienzo de la Gran Depresión, la economía británica estaba recuperando rápidamente su anterior nivel de producción, gracias a que el ministro de Economía (Chancellor of the Exchequer, en inglés), Neville Chamberlain, había recurrido al estímulo fiscal para restablecer la trayectoria del nivel de precios anterior a la depresión.

Comparen esa estrategia con la política de expansión mediante la austeridad aplicada actualmente
por el gobierno del primer ministro británico, David Cameron (y tan festejada por el ministro de
Economía, George Osborne). El PIB real del país se ha estancado y hay muchas probabilidades de
que vuelva a caer. De hecho, si los pronósticos actuales son correctos, en menos de un año la “Depresión Cameron-Osborne” no sólo será la peor que ha sufrido este país desde la Gran
Depresión, sino la peor de…la Historia.

Se trata de un gran logro. Como escribió recientemente Phillip Inman, en The Guardian: “El plan
del Reino Unido para restablecerse de la crisis financiera se basaba en una recuperación a toda velocidad en 2012… La confianza de los consumidores, la inversión de las empresas y el gasto general convergerían para orientar la economía por una trayectoria de crecimiento superior a la media”. No ha funcionado: los ministros del Gobierno “han hecho lo que los economistas de derecha les dijeron y no hicieron nada, pues la teoría era que el gasto y la inversión pública estaban excluyendo (crowding-out, en inglés) al sector privado”. En cambio, dice Inman, “España está mostrando el camino con su recesión provocada por la austeridad. Hacia donde se dirigen los débiles, los británicos estamos encantados de ir…”.

El fracaso de la expansión mediante la austeridad en Gran Bretaña debería hacer reflexionar a
sus partidarios de todo el mundo y revisar sus cálculos econométricos. Gran Bretaña tiene una
economía muy abierta con un tipo de cambio flexible y cierto margen para una mayor relajación
monetaria. Las tasas de interés británicas no están amenazadas por hipótesis de default y la
prima de riesgo es baja, por lo que no hay indicios de que el temor a un caos políticoeconómico en el futuro esté ahuyentando la inversión.

Existe el argumento –no necesariamente acertado, pero argumento al fin– según el cual, durante
sus mandatos desde 1997 hasta mayo de 2010, los gobiernos laboristas de Tony Blair y Gordon
Brown se pasaron con el gasto público y afectaron la sostenibilidad del gasto para el futuro. Sus medidas contrastan con las de países que redujeron sus niveles de deuda respecto del PIB en los 2000, entre ellos, los Estados Unidos, donde el problema no fue el gasto excesivo sino la baja presión impositiva durante el gobierno de George W. Bush. Sin embargo, si tomamos en serio
esa opinión, Gran Bretaña, con una tasa de interés nominal a diez años de menos de 2,1% anual, debería estar experimentando un auge. Si hay un lugar en el que la expansión mediante la austeridad debería dar buen resultado –esto es, donde la inversión privada y las exportaciones deberían crecer mientras el gasto público baja, confirmando la visión del mundo de quienes defienden estas políticas–debería ser la Gran Bretaña actual.

Pero la Gran Bretaña actual, sin embargo, no es ese lugar. Si la expansión mediante la austeridad
no está funcionando en Gran Bretaña, ¿cómo va a funcionar en países menos abiertos, que no pueden recurrir al tipo de cambio para impulsar las exportaciones y carecen de la confianza a largo plazo que tienen los inversores y las empresas en Gran Bretaña?

Nick Clegg, viceprimer ministro de Gran Bretaña y dirigente del Partido Liberal Democrático, socio menor de la coalición oficialista, debería poner fin ahora mismo a esta farsa. Debería decirle a la reina Isabel II que su partido ha dejado de tener confianza en el Gobierno de Su Majestad y proponer humildemente que pida al dirigente del Partido laborista Ed Milliband que forme otro.
Desde luego, si Clegg hiciera eso, probablemente su carrera política estaría acabada y las perspectivas electorales de su partido quedarían menoscabadas por mucho tiempo. De todas maneras, la carrera política de Clegg y la suerte de su partido no serán sólidas durante mucho tiempo, dadas las dificultades económicas que Gran Bretaña está (y seguirá) padeciendo. Al menos, el abandono de la desacertada coalición conservadora-liberal beneficiaría hora a su país en el largo plazo.

Que tomen nota las autoridades de los demás países del mundo: no comer nada no es una dieta recomendable para recuperar la salud, y aumentar aún más el desempleo no es una fórmula para lograr la confianza de los mercados.

(De la edición impresa)

Dejá un comentario