Estados que vienen, islas que van

27 de enero, 2012

(Columna de opinión de Andrés Malamud)

¿Existirá el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte en enero de 2013? Ciertamente sí, pero la semilla de su división ya está plantada. Y antes de que acabe la década, Escocia será un país independiente de Inglaterra y Gales – lo que abrirá las puertas al debate sobre Irlanda del Norte–.

Hacia 2020, varios de los países que hoy damos por eternos habrán dejado de existir. Entre los más cercanos al sentido común latinoamericano, España sobresale. La crisis económica está llevando a varias comunidades autónomas a la bancarrota, y el rescate de Madrid resultará al mismo tiempo insuficiente y ofensivo. La Comunidad Valenciana está quebrada, pero el tiro de gracia lo dará probablemente Cataluña. A medida que se profundice la crisis del euro y los gobernantes estaduales no puedan pagar sueldos, comenzarán a surgir los patacones europeos. La moneda común quizás no desaparezca…en Alemania. Pero en las márgenes del continente, el resurgimiento de los nacionalismos irá de la mano de la fragmentación monetaria. Así, la salida de España del euro podría derivar en la salida de Cataluña de España. El resentimiento histórico que genera Madrid, acentuado por un gobierno megaajustador del PP, no debe ser subestimado. Catalanes –y vascos– nunca sufrieron pasiones por España, y la licuación de Europa está demoliendo las razones para seguir juntos. Más elocuente es el caso de Bélgica: sin affectio societatis y sin gobierno, este país pierde su razón de ser en ausencia de guerras o de procesos de integración continental. ¿Cuánto falta para que flamencos y valones tengan sus propios países? ¿Y qué será entonces de Bruselas, capital belga y de la Unión Europea? Quizás las dos entidades que hoy gobierna se disuelvan en breve, y entonces los magníficos edificios gubernamentales se convertirán en museos o parques temáticos.

En América, las perspectivas separatistas son menos evidentes. Las dos más llamativas se ubican casi en los extremos: Quebec en Canadá y Santa Cruz en Bolivia. Lo de Quebec es irrelevante: lloran de llenos. Su francés no lo entienden ni los franceses y su independencia no asustaría a nadie. Quizás al contrario: aliviaría al resto del país, que volvería relajadamente al monolingüismo. Pero lo de Bolivia es espinoso. Aunque las relaciones entre las poblaciones indígenas del occidente y carapálidas del oriente han mejorado últimamente, la línea de fractura se mantiene vigente y una crisis económica o conflicto político podría reactivarla. Ahí también, como en Cataluña, Flandes y Quebec, son los que se sienten prósperos los que quieren separarse del pobrerío. Con lo que nadie contaba fue con el tiro en el pie que el  gobierno de Evo Morales se descerrajó en 2006, cuando decidió nacionalizar Petrobras manu militari. El espectáculo, un festín del nacionalismo popular, mató a la gallina de los huevos de oro: primero Brasil, y más tardíamente la Argentina, percibieron la inseguridad de abastecerse en el altiplano y se dedicaron a invertir en sus propios yacimientos. Como Bolivia no le vende gas a Chile por decisión diplomática, ahora pretende hacer negocio con Paraguay y Uruguay. Reemplazar a los grandes del Mercosur por los pequeños puede resultar simpático, pero quizás no sea un buen negocio. Carentes de puertos para exportar y sin más clientes en el vecindario, ya se adivina lo que van a hacer los bolivianos con su riqueza gasífera y petrolera: sentarse orgullosamente encima. Y el subdesarrollo asimétrico pavimenta el camino hacia la secesión.

Las Naciones Unidas se establecieron en 1945 con cincuenta y un miembros  fundadores. Hoy sus integrantes son ciento noventa y tres. Los nuevos estados surgieron inicialmente de territorios coloniales que se independizaban, pero en las últimas décadas la cantera no es sólo la descolonización sino también la fragmentación de estados preexistentes. La independencia de minúsculos archipiélagos en el Océano Pacífico y la división de la Unión Soviética y de Yugoslavia disparó la membresía. La multiplicación global de los estados, así como su tamaño tendencialmente más pequeño tanto en términos geográficos como demográficos, no causa demasiada alarma en nuestra región (a pesar de Bolivia). Pero la Argentina haría bien en prestarle atención: dentro de algunos años, y siguiendo el camino de Escocia, los habitantes de las Malvinas podrían aspirar a la independencia. Quizás cerrarles hoy los puertos tenga en cuenta esa posibilidad y busque desactivarla, pero existe el riesgo de generar el efecto contrario.

¿Alguien colocó este debate en la agenda pública?

(De la edición impresa de elestadista.com.ar)

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