Dime con quien te comparas…

29 de diciembre, 2011

(Columna del politólogo Andrés Malamud)

Los franceses son los argentinos de Europa. Esta boutade remite a dos características de ambos pueblos: la grandiosidad y la arrogancia. La diferencia es que, mientras la grandiosidad es autopercibida, la arrogancia es detectada –y sufrida– por los vecinos. Por supuesto, el chiste es argentino: los franceses son demasiado grandiosos, o demasiado arrogantes, como para insinuar una autocrítica aunque sea en broma. Pero los argentinos viven comparándose desde el inicio de los tiempos, allá por 1810. En contraste con Estados Unidos, sin embargo, este país nunca se consideró excepcional sino simplemente mejor. Sólo que la unidad de referencia fue variando a lo largo del tiempo. En el Centenario fueron Francia e Inglaterra: con sus edificios majestuosos y su iluminación urbana, con tranvías y subtes y espléndidas avenidas, Buenos Aires no tenía nada que envidiar de París y Londres salvo la localización. El PBI per capita argentino se ubicaba entre los primeros del mundo, lo que convirtió a la ciudad– puerto en el segundo destino migratorio más buscado de América después de Nueva York. Pero en 1930 el mundo estalló, y nada volvería a ser como antes.

El Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Oxford organizó, en noviembre pasado, un seminario en honor a David Rock para reevaluar la llamada “declinación argentina”. Una docena de historiadores y politólogos argentinos y británicos pasaron la jornada debatiendo por qué un país tan prometedor sólo cumplió frustraciones… o no. Porque lo que hasta hace una década era evidente para cualquiera, que la Argentina era un país quebrado económica y anímicamente, ya no lo es.

Algo cambió mientras tanto, y no fue sólo el país sino el contexto. La parálisis política de Estados Unidos y la Unión Europea frente a sus crisis económicas transformó a todo lo que brillaba en ejemplos a evitar. Y para salir bien en la foto, a veces no hace falta estar peinado sino que basta con la desprolijidad de los otros. La declinación argentina puede medirse por el comparador elegido a través del tiempo. Si a inicios del Siglo XX la referencia la constituían los países desarrollados de Europa, décadas después los economistas empezaron a considerar los llamados “países nuevos”, que también exhibían grandes extensiones, poca población, riqueza agropecuaria y enormes distancias con el centro del mundo: Australia, Canadá y Nueva Zelanda.

La inestabilidad política y los tumbos económicos siguieron reduciendo las expectativas, y hasta hace pocos años pasó a ser habitual compararse con los países de la periferia europea como España y Portugal, quizás Irlanda. Pero incluso ellos se fueron alejando y la atención se viró hacia los casos exitosos de América Latina: Chile y Brasil. Antes de empezar a compararnos con Ruanda y Burundi, sin embargo, algo sucedió. Mejor dicho, dos cosas. Por un lado, la Argentina rebotó en el fondo y resurgió parcialmente de sus cenizas; por el otro, los viejos referentes entraron en crisis.

¿Quién quiere ser hoy como España, con un 21% de desempleo? ¿O cómo Francia, mendigando una certificación crediticia a las agencias estadounidenses de rating y bajo riesgo de quedarse sin moneda? Es cierto que el colapso de 2001 significó la definitiva latinoamericanización de la Argentina, un país que hasta entonces se enorgullecía de ser casi europeo. Pero, como durante las guerras mundiales, quizás estos sean excelentes tiempos para no ser europeo. El organizador del evento en Oxford, el historiador Alan Knight, resaltó que hacía tiempo había perdido toda expectativa de llegar a conclusiones al final de un encuentro académico.

Y éste no lo defraudó. Los historiadores mostraron gráficos que indicaban una larga caída en serrucho, pero también varias recuperaciones –destacándose la actual–. Los politólogos mostraron que, más que la devaluación de la democracia, la novedad de la Argentina reciente es la estabilidad de la democracia. En varios aspectos, hoy éste es un país mejor que antes. Y el mérito es compartido entre los argentinos, que dejaron de matarse para resolver sus conflictos, y el mundo desarrollado, que dejó de resolver sus conflictos. ¿Mal de muchos? Así funcionan las comparaciones, que son relativas por definición. Dime con quien te comparas y te diré a lo que aspiras… pero cuidado con lo que aspiras.

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