El último renacentista

17 de octubre, 2011

El último renacentista

(Artículo de Javier Finkman, economista jefe del HSBC, investigador del CEDES y docente de la UBA)

Una de las principales preocupaciones del primer Sargent fue la relación entre los modelos
económicos y las series temporales. Sus estudios en econometría de las series de tiempo (series
históricas de tasas de interés) no se llevaban bien con una teoría neoclásica en las que no había lugar para errores aleatorios. La hipótesis de expectativas racionales fue, para Sargent, el puente entre teoría y realidad. Y la estrategia fue postular que las expectativas de la gente se forman como las del econometrista con un modelo neoclásico de como funciona el mundo. Los requisitos y consecuencias de expectativas racionales son muy importantes: la gente no comete errores sistemáticos y anticipa las políticas públicas, lo que las vuelve inefectivas. Las políticas
fiscales keynesianas y las reglas monetaristas perdían sentido por igual.

Hasta los años ’70, la moda en macroeconomía fueron los modelos econométricos estructurales. Una teoría se reflejaba en una formulación particular de ecuaciones y variables a contrastar. Sin embargo, estos enormes modelos de ecuaciones simultáneas predecían igual o peor que modelos
mucho más simples e ingenuos de series de tiempo. En particular, entre los últimos, los vectores autorregresivos que consisten simplemente en hacer regresiones de cada variable en relación a su historia y a la historia de otras variables. Casi sin teoría: sólo había que elegir variables a explicar y usar a sus historias como variables explicativas. Uno se saca de encima las restricciones de un marco teórico y deja que los datos hablen por sí mismos. El campeón de este enfoque fue justamente Christopher Sims, quien comparte el premio Nobel con Sargent.

Esta forma de hacer macroeconomía tuvo una enorme influencia. ¡Sargent cambió! Su elección teórica entró en conflicto con preguntas básicas: si toda la gente es neoclásica y racional ¿por qué hay intercambio? por ejemplo, ¿por qué uno compra la acción que otro vende? (técnicamente, el teorema del no-intercambio). Sargent quería analizar los problemas de transición económica y con expectativas racionales no hay aprendizaje: la gente ya sabe. Así que en 1993 publicó Racionalidad Limitada en Macroeconomía donde llamó a “expulsar a los agentes racionales de nuestros modelos” y estudió cómo incorporar el aprendizaje con expectativas adaptativas. Sólo un científico enorme puede renegar de la posición cómoda de pope de la macroeconomía moderna, aprender nuevas herramientas analíticas y lanzar un programa de investigación nuevo que incorpora hasta inteligencia artificial.

La creatividad de Sargent no se detiene y continúa publicando libros, manuales y artículos. Su último libro, Robustez, aplica y extiende a la economía los resultados de la teoría del control y los sistemas retroalimentados, para introducir la posibilidad de que la gente equivoque el modelo con el cual interpreta el mundo, o aparezcan shocks inesperados o catastróficos que lo cambien. Un ensayo reciente estudia el fin de las “hiperinflaciones” sudamericanas mostrando que tienen diferentes causas y salidas: a veces son las expectativas, a veces causas fundamentales (fiscal o monetaria).

Con Sargent puede disentirse, antes y ahora, por muchas razones. Hay derecho a tener enormes reservas sobre la utilidad de la hipótesis de expectativas racionales. La experiencia del economista argentino, que pasó por innumerables crisis, y mis mejores profesores (Frenkel, Heymann) me enseñaron a desconfiar de explicaciones en las que las familias y las empresas (los “agentes económicos”) saben mucho y pueden hacer mucho. Quien sabe si el programa analítico de Sargent –encontrar una herramienta matemática que permita modelar gente diferente que proyecta, se equivoca y aprende, y que sea una buena representación de la realidad– no sea imposible. Lo que no se puede, con Sargent, es negar que es uno de los últimos economistas renacentistas.

(De la edición impresa)