El riesgo de no hacer nada

28 de octubre, 2011

El riesgo de no hacer nada

(Columna de Miguel Braun, economista y director ejecutivo de la Fundación Pensar)

Los argentinos que pueden ahorrar quieren comprar dólares. La razón es que creen que el dólar está barato; es decir, ven que tarde o temprano el peso se va a depreciar contra la moneda norteamericana. Creen esto desde hace rato: en 2011, la fuga de capitales viene superando los 2.000 millones de dólares por mes, y se está acelerando. Es una creencia fundada, no un capricho. La competitividad de nuestra economía no aguanta mucho más con más de 20% de inflación anual, un tipo de cambio nominal que casi no se mueve y sin mejoras fenomenales en la productividad.

Estamos ante una combinación monetaria – cambiaria insostenible. La presidente del Banco Central dijo que la Argentina es el país de América Latina que más depreció su moneda, pero esto no quiere decir nada porque se refiere al tipo de cambio nominal. Usando estimaciones privadas de inflación queda claro que estamos entre los que más apreciaron su tipo de cambio real. Por
eso crecen las importaciones, y por eso cada mes que pasa aumentan las expectativas de devaluación. El Gobierno ve que hay un problema. Por eso Guillermo Moreno despliega su creatividad para trabar las importaciones. Busca mantener el superávit comercial, para que los dólares que ingresan por exportaciones netas ayuden a cubrir la fuga. Ahora desplegaron los
agentes de la UIF y de la AFIP en el microcentro para hostigar a los compradores de dólares y reducir el flujo de compras. Como un jardinero que pisa hormigas en lugar de envenenar el hormiguero, el Gobierno persigue a los importadores y a los pequeños ahorristas en vez de atacar la causa del problema: la insostenibilidad del esquema monetario/cambiario.

Este enfoque era comprensible antes de las elecciones. Cristina Fernández de Kirchner venía creciendo en popularidad, y ya se sabe que un equipo que gana no se cambia. Una reforma para reducir la tasa de inflación o una devaluación del peso hubieran implicado un riesgo político. Pero ahora es al revés: el riesgo político está por el camino de no hacer nada o atacar los efectos y no las causas del problema. Si el Gobierno insiste en reprimir la demanda de dólares, sólo logrará
aumentar la percepción de que es mejor comprar dólares ya. Si no hace nada para frenar la inflación, ésta se acelerará, sobre todo si ajusta las tarifas para reactivar las inversiones en el mercado energético y frenar el creciente déficit energético, que se traduce en salida de dólares
y un potencial cuello de botella para el crecimiento económico.

Si sigue castigando la importación, subirán más los precios internos, y tarde o temprano nuestros socios comerciales castigarán esta actitud limitandonuestras exportaciones. El statu quo nos lleva a una situación de estanflación con pérdida de reservas, y una eventual corrida cambiaria. No mañana, pero si dentro de unos meses si no se corrige el rumbo. Por eso sorprende que pasadas
las elecciones no haya señales de reforma sino que se profundicen los controles.

El camino debería ser reconocer la inflación y combatirla como lo han hecho casi todos los países de América Latina con mucho éxito: con un esquema de metas de inflación flexible y un banco central independiente, conducido por un equipo técnico idóneo. A la vez, debemos buscar
incentivar inversiones que aumenten la productividad de nuestra economía en lugar de frenar arbitrariamente las importaciones. El problema es que nuestro tipo de cambio ya perdió competitividad, y recuperarla vía devaluación sólo servirá para acelerar la inflación.

También será un desafío resolver la situación energética. Deberán subir las tarifas, y estos aumentos complicarán el combate a la inflación. No hay salida fácil luego de varios años de piloto automático salpicado con estertores morenísticos, pero sabemos que no hacer nada ya no es una opción.

(De la edición impresa)