¿Se industrializó la economía?

5 de septiembre, 2011

¿Se industrializó la economía?

Contrapunto entre los economistas Mariano Kestelboim y Martín Schorr sobre la evolución de la industria en el período pos-2002.

Mariano Kestelboim:

Las políticas económicas de los últimos ocho años consiguieron que, el gran avance de las exportaciones asiáticas de bienes industriales a valores depredatorios y el aumento de los precios internacionales de los recursos naturales, no derivaran en una reprimarización de la estructura productiva nacional. De hecho, la participación de las exportaciones primarias en todos los otros países latinoamericanos se incrementó, de acuerdo a un reciente informe de la CEPAL.

No obstante, un mayor obstáculo del reciente proceso de reindustrialización fue tener que lidiar con las secuelas de dos décadas y media de un modelo de valorización financiera. Entre otros males, las políticas antidesarrollistas impuestas, a mediados de los años setenta, por la fuerza militar y, desde fines de los ochenta, a través del terrorismo económico promovieron: el crónico endeudamiento, la concentración de los mercados, la extranjerización de los capitales en áreas estratégicas para el desarrollo, la sistemática fuga de capitales, una estructura fabril dependiente de insumos y de bienes de capital importados, la desinversión en educación e investigación, las estructuras tributarias regresivas y contrarias al desarrollo de las cadenas de valor nacionales, las recurrentes crisis, el racionamiento del crédito para la industria (sobre todo para pymes), la aversión al riesgo en inversión productiva, la degradación y el vaciamiento de las instituciones públicas, la cultura del ahorro en dólares, el individualismo, la preferencia del consumidor por lo importado, la corrupción, la evasión impositiva, el bajo grado de integración regional y la destrucción de oficios, de empleo técnico y calificado, y la exclusión social.

A pesar de esa frágil base económica heredada y a contramarcha de la tendencia regional, la industria nacional lideró el crecimiento de la economía. Todas sus ramas de actividad se recuperaron de la crisis de 2001-2002 e ingresaron en un sendero de expansión. La reactivación manufacturera fue tan importante que superó ampliamente el ritmo de crecimiento de la producción primaria, pese a su menor rentabilidad relativa. El PIB industrial subió, entre 2003 y 2010, un 61% y alcanzó, en 2010, una participación del 72,5% en la fabricación de bienes (sin contabilizar la construcción y la producción de energía y agua, que crecieron principalmente como resultado del aumento de la producción fabril). Por su parte, el PIB del sector primario (agricultura, ganadería, silvicultura, pesca y minería) creció sólo 23% en el mismo lapso.

De este modo, el PIB industrial de 2010 ($67.547 millones a valores constates de 1993) superó en un 9% la participación que registraba en 2003 y recuperó el nivel de los primeros años de la convertibilidad. Sin embargo, la comparación del peso de la industria en ambos períodos debe considerar la extensión de la subcontratación de servicios que las compañías industriales a principios de los noventa en buena medida internalizaban, como los de transporte, almacenamiento y comunicaciones, cuyo producto (en valores constantes) saltó de $16.134 millones en 1993 a $49.605 millones en 2010 (prácticamente duplicó el producto primario de 2010).

Además de haber nutrido una demanda interna expandida en el 77%, entre 2003 y 2010, el crecimiento industrial se refleja también en su performance exportadora. Sus ventas saltaron de U$S 8.000 millones a U$S 24.000 millones en el lapso referido. De esa manera, la industria fue el sector exportador más dinámico de la economía y, en 2010, fue el de mayor participación de los envíos (35%). El aumento de la cuota de las manufacturas de origen industrial, con creciente inserción regional, fue explicado en el 70% por la suba de las cantidades enviadas al exterior, a diferencia de los otros rubros de exportación, en los que las mayores divisas se obtuvieron principalmente a causa del incremento de los precios internacionales.

Más allá de este valioso proceso de reconstitución industrial, el logro más importante de las políticas kirchneristas ha sido recuperar bastiones de soberanía nacional que permiten discutir las medidas que requiere el país para profundizar el proceso de sustitución de importaciones y encaminar al país hacia su desarrollo.

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Marín Schorr:

Desde el abandono de la convertibilidad se ha ido delineando en el país un nuevo patrón de crecimiento liderado por los sectores productivos. Ello, en un marco signado por el “dólar alto” como eje sobresaliente del “fomento a la industria” y la instrumentación de muy pocas políticas activas (se trata de medidas puntuales, por lo general con baja coordinación y sesgos manifiestos en su aplicación). A continuación se plantean algunos rasgos de la trayectoria fabril en la posconvertibilidad.

-Tras varios años de desindustrialización, se registró un aumento en el peso relativo del sector en el PIB total. Pero dicha suba se dio hasta 2003 y se asoció al uso de capacidades productivas ociosas por la aguda crisis de la convertibilidad. A partir de ese año, pese a la expansión verificada, el sector volvió a perder participación en el conjunto de la economía. Esto se vincula con la relativamente baja inversión ante la fenomenal recomposición de las ganancias de las empresas líderes (en particular entre 2004 y 2007, cuando la rentabilidad sobre ventas de las mismas fluctuó entre el 14% y el 19%).

-La expansión fabril de los últimos años viabilizó una considerable creación de puestos de trabajo. Esta dinámica reconoce un punto de inflexión en 2007: entre 2001 y ese año el sector tuvo una elasticidad empleo/producción de 0,5, mientras que en 2007-2010 fue de apenas 0,02. Esta modificación se vincula con que a partir de 2007 comienza a erosionarse el tipo de cambio real. Y, ante la casi total ausencia de políticas procompetitividad, muchas industrias trabajo-intensiva que habían crecido en la primera etapa perdieron dinamismo o retrocedieron (varias metalmecánicas, textiles e indumentaria, bienes de capital, etcétera). En paralelo avanzaron rubros capital-intensivos como químicos, alimentos, curtiembres, metales básicos y armaduría automotriz.

-Asociada a la fenomenal caída salarial acaecida en el bienio 2002-2003, tuvo lugar una traslación de ingresos desde los asalariados hacia los empresarios, en especial a los más grandes. Esta se suma a las abultadas y regresivas transferencias verificadas en 1976-2001: en 2010 la relación productividad/costos salariales fue el 25% superior a los ya elevados registros de 2001.

-Si bien hubo un crecimiento difundido a las distintas ramas que conforman el sector, se afianzó el perfil productivo heredado de los años de hegemonía neoliberal, es decir, no hubo cambio estructural. En 2010 cerca de las dos terceras partes de la producción fabril provino de las industrias alimentaria, química, de acero y aluminio, de derivados del petróleo y la armaduría automotriz. En su mayoría, se trata de rubros con débiles eslabonamientos internos en materia ocupacional y productiva, asociados a una inserción pasiva y subordinada en el mercado mundial, caracterizados por mercados altamente concentrados con una presencia determinante de firmas extranjeras y para los que los salarios pesan mucho más como costo empresario que como factor de la demanda.

-Hubo una importante expansión de las ventas externas, pero se afianzó un perfil exportador concentrado en un puñado de grandes corporaciones y muy volcado al procesamiento de recursos naturales y la privilegiada armaduría automotriz. Además, ante las dificultades que experimentó la sustitución de importaciones por la falta de políticas industriales activas y coordinadas, no se lograron atenuar los procesos de desintegración del tejido fabril y de dependencia tecnológica. De allí el fenomenal crecimiento que experimentaron las importaciones de bienes industriales, en muchos casos sustitutivas de una producción nacional sólo protegida por el nivel cambiario y algunas medidas de coyuntura. Esto fue erosionando el superávit comercial hasta convertirlo en déficit a partir de 2007 (con la salvedad de 2009 por el estancamiento sectorial en pleno despliegue de la crisis mundial).

Es evidente que el desempeño industrial reciente tiene algunos aspectos a destacar. Pero éstos no deberían soslayar la existencia de ciertos procesos que se dieron en estos años y que conforman verdaderos escollos para colocar al país en un sendero de desarrollo socioeconómico. Difícilmente los mismos puedan ser superados confiando casi exclusivamente en el “dólar alto”. La aplicación de un plan de reindustrialización nacional es una asignatura pendiente e ineludible para el próximo gobierno.

(De la edición impresa)

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