Los países del Mercosur con sus economías al rojo vivo

4 de agosto, 2011

Los países del Mercosur con sus economías al rojo vivo

En un contexto en el que EE.UU., Europa y Japón buscan escapar de un ritmo de crecimiento anémico, las mayores economías del Mercosur están dando señales de sobrecalentamiento. Aunque la región se ha puesto de moda entre los inversores, no todo lo que reluce es oro. Un crecimiento mal administrado puede generar dinámicas poco sostenibles en el mediano y largo plazos.

Hace algunas semanas la revista The Economist dio a conocer un nuevo indicador: The Overheating Index. Es un ranking de 27 economías de acuerdo a su riesgo de sobrecalentamiento. El posicionamiento surge de un análisis sobre seis indicadores diferentes: la inflación, el desempleo en relación con su promedio de los últimos 10 años, el PIB en relación a su tendencia, el crecimiento del crédito, la tasa de interés real y el cambio proyectado en la cuenta corriente.

La Argentina lidera el ranking con el máximo score posible. Ninguna novedad para los que hace tiempo venimos señalando que el problema, a esta altura, no se resuelve sólo con más inversión. Es obvio que el diagnóstico no es compartido por el Ejecutivo Nacional y en consecuencia no hay ninguna política seria orientada a revertir este escenario.

Brasil, que ocupa el segundo lugar, es más consciente de sus propias problemáticas. Brasil y la Argentina En un contexto de rápida expansión e inflación en ascenso, Dilma Rousseff ha tratado de aplacar la suba de precios. El plan antiinflacionario implementado no sólo se limitó a la suba de la tasa de interés, sino que también incluyó un paquete de medidas para enfriar la demanda interna y limitar el ingreso de capitales especulativos. El Gobierno contribuyó mediante una desaceleración del gasto.

Durante los primeros cinco meses del año, las erogaciones subieron 5,4 p.p. menos que los ingresos (12% i.a. versus 17,4% i.a. respectivamente). Asimismo, el Banco Central, subió la tasa de interés de referencia (SELIC) en 175 puntos básicos, pasando de 10,75% (diciembre 2010) a 12,5% en julio.

El problema de fondo con este tipo de políticas ortodoxas es que genera efectos colaterales negativos (apreciación del tipo de cambio) cuando se aplica en un contexto de bajas tasas de interés globales como el actual. Un retorno esperado cercano a 13% en dólares es un imán para los inversores financieros internacionales acostumbrados en los últimos tiempos a rentabilidades muy magras. La búsqueda de ganancias alimenta el ingreso de capitales profundizando aún más la sobrevaloración del real.

Es por ello que el Banco Central está adoptando otras medidas para combatir la inflación con menores efectos colaterales (por ejemplo, suba de encajes bancarios). El plan antiinflacionario de Dilma Rousseff tiende a moderar el recalentamiento en el corto plazo, pero deja irresuelto los serios desafíos que el mayor socio comercial del Mercosur tiene por delante.

La dinámica de crecimiento de la economía brasileña se ha caracterizado en los últimos años por la fortaleza de la demanda interna y la fuerte apreciación del tipo de cambio real. Sin embargo, esta performance esconde riesgos en aumento. Concretamente, un consumo muy vigoroso apuntalado por el mayor poder adquisitivo que genera el superreal y el boom del crédito sólo sostenibles en un contexto financiero internacional amigable, como el actual.

Los costos de esta matriz de crecimiento comienzan a ser más notables. La producción industrial está estancada desde abril de 2010 cuando alcanzó el máximo poscrisis internacional. De hecho, en los últimos 13 meses acumula una suba de sólo 1%. Pero, en similar período, las ventas minoristas registraron una alza de 8,2%.

Este descalce entre la oferta local (producción industrial) y la demanda interna (ventas minoristas) está, lógicamente, relacionado con la severa pérdida de competitividad del sector productor de bienes transables. Por caso, los costos laborales unitarios están subiendo al 21,4% i.a. en dólares frente al 14% i.a. registrado el año pasado. La brecha entre oferta y demanda interna se refleja –al igual que en la Argentina– en un salto de las importaciones de bienes de consumo: en lo que va del año acumulan un incremento de 32,1% i.a. Este salto sólo implica un deterioro estimado de 0,2 puntos porcentuales en la cuenta corriente (de -2,3% del PIB en 2010 y -2,5% estimado para 2011) gracias al boom de las commodities.

La pregunta entonces es qué pasará con este rojo cuando Brasil tenga que acelerar los gastos en obra pública por la organización de torneos deportivos comprometidos para los próximos años y/o encarar las asignaturas pendientes en materia de infraestructura. Evidentemente este diagnóstico, salvando las cuestiones no menores de nivel, tiene muchos puntos comunes con el de la Argentina.

Rápido atraso cambiario, problemas de competitividad en el sector transable, crecimiento liderado por el consumo, deterioro de la cuenta corriente y fuerte necesidad de inversiones. También se podría agregar la primarización de las exportaciones. Es obvio que existen muchas y muy marcadas diferencias pero la taxonomía del crecimiento es muy similar.

Al igual que muchas economías emergentes, el desafío es administrar el crecimiento evitando los excesos que se vuelvan insostenibles. Las expansiones lideradas por el consumo son un arma de doble filo, que generan muchas gratificaciones –principalmente políticas– en el corto plazo, pero suelen traer dolores de cabeza en el mediano y largo. Pruebas de este riesgo no faltan, empezando por la convertibilidad argentina durante los noventa.

En la medida en que persista este contexto financiero amigable, caracterizado por dólar débil, tasas bajas y precios de commodities elevados, estos modelos proconsumo encontrarán financiamiento y podrán ser sostenidos. Este equilibrio, sin embargo, no debe ocultar los riesgos que se están incubando.

(De la edición impresa)

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