El poskirchnerismo aún está lejos

Por Eduardo Fracchia.

19 de agosto, 2011

El poskirchnerismo aún está lejos

La elección primaria, simultánea y obligatoria del 14 de agosto se caracterizó por una tasa muy alta de participación, cercana al 78%. Esto fue una sorpresa dado el desconocimiento que había previamente y la tendencia decreciente a ir a votar que se observa desde 1983. El peronismo K con su capacidad histórica de interpretar los deseos populares se ha vuelto a imponer con holgura en las elecciones primarias con triunfos destacados en todas las provincias a excepción de San Luis. En esta elección llama también la atención que en la suma de votos tenga el peronismo casi el 70% del total. El riesgo del partido único está presente.

La oposición estaba muy atomizada a principios de 2011 con 18 candidatos, finalmente se decantaron en unas 8 propuestas electorales, cuando lo lógico sería no más de tres opciones de alternativas al poder. La oposición no ha trabajado bien desde aquella ilusión del 2009 cuando parecía que se le podía ganar al kirchnerismo.

El oficialismo está cada vez más instalado. El país está dividido como en los tiempos del primer
peronismo y el de los ‘70 porque hay que reconocer que el sentimiento anti K es también fuerte.
Es complejo recrear en la Argentina el bipartidismo tan instalado en España, Estados Unidos o Inglaterra para citar tres naciones diversas. El sistema de partidos sigue fracturado desde la crisis del 2001. El radicalismo no vuelve a estructurarse cerca de su piso histórico de 25%. Parecería
que ha perdido base electoral de modo estructural.

Poliarquía, por citar una consultora independiente, venía anticipando de modo informal la inminencia del triunfo del kirchnerismo sin pasar a la segunda vuelta. La duda más generalizada era algún porcentaje de entre el 40 y 45% de los votos. Cincuenta fue demasiado y sorprendió al propio núcleo duro K. No hubo encuestas en esta oportunidad, por eso el resultado impactó tanto en los propios analistas y en la sociedad.

Buena parte de la ciudadanía se enamoró de Juan Perón entre el ‘46 y el ’74. Acompañó poco tiempo a Raúl Alfonsín desde 1984 a 1986. Renovó su pacto con el peronismo a través de Carlos Menem en los ‘90 y volvió a establecerlo con el matrimonio Kirchner de 2003 a la fecha. Nada nos dice que ese pacto se haya roto.

Los antecedentes

¿No había elementos para pensar en un desgaste? El Gobierno había perdido credibilidad con
ocasión de la crisis del campo yluego estuvo con niveles de aprobación baja por el estilo excesivamente confrontativo de Néstor Kirchner. Su muerte generó una reacción emocional favorable a Cristina (efecto duelo) que desde entonces moderó el discurso y no perdió gobernabilidad como algunos temían. El peronismo con recursos (soja) se vuelve imbatible
y si además toca teclas de progresismo resulta una música muy atractiva para el electorado.

Algunos hechos estilizados de los comicios de este año: ganaron los oficialismos a excepción de Catamarca. Tanto a nivel local como a nivel nacional la gente quiso revalidar lo existente. El triunfo de la oposición en la ciudad autónoma de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba no eran señales de retroceso del Gobierno.

El triunfo de Cristina barre todas las clases sociales, las edades y la geografía. Los hogares pobres, a la luz de las primarias, siguen reafirmando su inclinación por ella como en 2007. El asistencialismo ha sido funcional para tener cerca electoralmente a mucha gente dependiente de las ayudas monetarias. Es lo que vulgarmente se conoce como los “planes”. El voto del campo fue oficialista, quizás los productores votaron en contra de Cristina pero no los hogares de poblaciones que se benefician del efecto soja y de la bonanza agrícola.

Algunas reflexiones sobre la oposición: Ricardo Alfonsín se equivocó al no aliarse con Hermes
Binner en un espacio natural de centroizquierda. Se arriesgó en una alianza novedosa para la tradición radical con un peronista como Francisco de Narváez. Con dudosa efectividad la alianza le dio algunos votos en la provincia de Buenos Aires.

Edurado Duhalde no pudo corregir su imagen negativa histórica. En cierto modo su figura se asocia con el pasado. No pudo relacionarse con las fuerzas del conurbano que en el ’89 fueron funcionales a la elección de Carlos Menem. Alberto Rodríguez Saá era su aliado natural pero se pelearon.

Binner hizo una buena elección en el sentido de que comenzó la carrera a nivel nacional hace muy poco siendo un político no conocido. Es una buena base a partir de la cual sumar. Rodríguez Saá no consiguió exportar su exitoso modelo a nivel país. Mauricio Macri hizo bien en no exponerse y su proyecto de gran coalición opositora no prosperó. Elisa Carrió cumplió un ciclo que alcanzó su esplendor al reunir cuatro millones de votos en 2007. Este capital político se perdió por un estilo muy fundamentalista y por su nula vocación de articular acuerdos programáticos con fuerzas afines. La democracia le debe mucho a su postura intransigente y de valores pero no es claramente el modo de hacer política que quiere la sociedad.

Daniel Scioli, que es un candidato natural para 2015, sigue siendo un cuadro importante del peronismo K.

Las iniciativas

Algunas consideraciones finales. Aparentemente no hubo desgaste político en la gestión por los aspectos institucionales, ni por la inflación, ni por la pobreza de 28% de los hogares. La economía en marcha es un motor electoral poderoso. “¡Es la economía, estúpido!”, explica esta elección para citar la famosa expresión que se acuñó en la campaña de Bill Clinton a principios de los ’90.

Existen riesgos de autoritarismo y de intensificación de prácticas populistas que hasta ahora han dado resultados en la gestión kirchnerista. El riesgo de control total de la Cámara de Diputados es mínimo. Con los votos del 14 de agosto se hubiesen incorporado 10 diputados más por el Frente para la Victoria, lo que supone un menor control en el Congreso. En el plano político el riesgo mayor que sobrevuela es el propósito de buscar la reelección. No parece probable pero puede estar la tentación. La tuvo Perón, la tuvo Menem.

El desafío del Gobierno es con tanto poder animarse a encarar tareas pendientes reclamadas por otros sectores de la sociedad. El riesgo es seguir con más de lo mismo, sin rectificaciones. La gestión económica oficial está basada en expansión del consumo, apoyo a jubilados, obras públicas, contención de marginalidad y defensa del empleo, entre otros factores.

La economía tiene como riesgo la ampliación del populismo vigente que se podría manifestar en la
aceleración de la inflación y en la posterior caída del nivel de actividad cuando el modelo se agote. El tercer mandato no augura una mejor gestión económica y eso puede generar impotencia en la ciudadanía por la gran oportunidad que se podría perder para pasar del crecimiento al desarrollo.

(De la edición impresa)