¿De qué vivirá la Argentina cuando amaine la bonanza?

La economía argentina hasta el momento no dio pistas de haber aprovechado el contexto internacional favorable de los últimos años. Por Lucio Castro (*)

16 de julio, 2011

¿De qué vivirá la Argentina cuando amaine la bonanza?

Un interrogante recorre los debates de política en América Latina: ¿cómo aprovechar la bonanza de los recursos naturales que experimenta la región desde hace casi una década? En otros términos, ¿cómo vincular la oportunidad de Asia en cuanto demandante de los productos que la región produce en forma competitiva con una estrategia de desarrollo con equidad?

La llamada regla de Hartwick –en honor al economista canadiense John M. Hartwik que la estableció en 1977– nos da una pista. En términos generales, la regla puede reducirse
epigramáticamente a la siguiente fórmula: invierte las mieles de la bonanza en capital reproductivo –educación, salud e infraestructura, entre otros–- que permita aumentar tu tasa de crecimiento potencial del producto en el largo plazo y ahorra otra parte de ellas para las épocas de vacas flacas.

La regla es relevante para América Latina porque el uso intensivo de materias primas cae a medida que aumenta el nivel de ingreso y la urbanización. Por eso, es esperable que en algunas décadas comience a disminuir gradualmente la demanda asiática. Además, la elevadísima tasa de ahorro de la República Popular China –más del 50% del producto interno bruto–, que en gran parte alimenta el boom de inversión que vive la región, comenzará a caer a medida que la población de ese país asiático envejezca y la inversión pública en salud y pensiones reduzca los incentivos al ahorro de las familias chinas.

Esta temporalidad de la bonanza empujada por China y otros países asiáticos de alto crecimiento torna central a la regla de Hartwick y apunta a resolver un dilema esencial: de qué viviremos cuando eventualmente los recursos naturales no renovables se agoten o caigan los precios de los mismos.

A pesar de las importantes mejoras de los últimos años, la región no está haciendo mucho en esta dirección. Los niveles de productividad, sacando los sectores intensivos en recursos naturales, son, en términos relativos, mucho menores que, por ejemplo, los del Asia emergente. La tasa de inversión permanece a niveles modestos y la inflación se mantiene a niveles relativamente elevados comparada con Asia.

En los últimos años, el manejo fiscal fue mucho más laxo y la mayoría de los países latinoamericanos pasó de cómodos o modestos superávits a crecientes déficits financiados
generalmente con el aluvión de capitales externos o con inflación. Este tsunami de capitales incentiva la apreciación del tipo de cambio y alienta la aparición del “mal holandés”, que afecta el desarrollo de los sectores productivos más diferenciados y alienta el incremento del déficit externo, crecientemente financiado con mayor endeudamiento externo.

Así, se observa una caída en la participación relativa de los productos industriales en las exportaciones totales en gran parte de la región, a excepción de México y Centro América. En todos los países de América Latina se registra, de la mano de esta primarización exportadora, una mayor concentración en pocos productos y en el mercado asiático, sobre todo en Sudamérica, lo que aumenta los riesgos de una mayor volatilidad macroeconómica.

Los mercados laborales de la región, en general, son bastante rígidos: dificultan la reestructuración productiva de los sectores con desventajas comparativas y la expansión de los sectores más competitivos, y promueven niveles elevados de informalidad. También la región adolece de mercados financieros poco profundos, sobre todo en los segmentos de mayor riesgo, como venture capital.

La inversión en investigación y desarrollo (I+D) permanece en niveles reducidos en la comparación internacional, sobre todo con el Asia Pacífico. La innovación tecnológica del aparato productivo latinoamericano es, en general, baja, salvo en algunos segmentos específicos usualmente vinculados con los recursos naturales. Además, la integración de la América Latina en las redes transnacionales de producción está mayormente limitada a los segmentos de menor valor agregado e intensidad tecnológica.

En forma conexa, la capacidad de los estados latinoamericanos para desarrollar políticas de incentivo a la expansión del sector privado, enfocadas en resolver fallas de mercado, es limitada.
De forma central, a pesar de los logros en el aumento de la cobertura, la calidad de la educación sigue siendo baja, como revela el último informe de PISA de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Ningún país de la región sobrepasó o al menos igualó el promedio internacional, y la mayoría está por debajo de la media.

El caso argentino muestra para 2009 una importante caída de la calidad educativa en comparación con 2001, aunque revela una recuperación con respecto a 2006. Sin embargo, este diagnóstico un tanto sombrío no opaca las importantes mejoras en el manejo de la política macroeconómica y en la situación social de la región en el último decenio. Tampoco niega la oportunidad fenomenal que abre el crecimiento asiático para alcanzar en forma sustentable el camino hacia el crecimiento.

Simplemente, destaca que la región tiene una oportunidad dada por un periodo de bonanza de
probablemente no más de dos décadas que debe ser utilizado sabiamente para crear las bases de un desarrollo con equidad para todos los latinoamericanos. Parafraseando a Keynes, quizás sea
verdad que en el largo plazo todos estaremos muertos y que un par décadas es una eternidad para la región y aún más para la siempre veloz historia argentina.

Sin embargo, la experiencia de otros países hoy ricos y también con abundantes recursos
naturales, como los nórdicos o Australia y Nueva Zelanda, muestran la importancia de aprovechar las bonanzas para construir instituciones, invertir en capital reproductivo, alargar cadenas de valor y consolidar ganancias sociales.

Esa es la tarea pendiente que nos deja la oportunidad asiática para la región y, en particular, para la Argentina.

(*) Director del Programa de Integración Global y Desarrollo Productivo de CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento).

(De la edición impresa)