Hacer algo distinto frente a un escenario económico similar

El Gobierno enfrenta desafíos que no son muy distintos a los de 2003 pero ahora se necesita una respuesta que asegure una expansión sustentable.
Las circunstancias macroeconómicas y políactuales no son muy distintas a las que existían cuando Néstor Kirchner asumió en mayo de 2003. En aquel momento, la economía estaba dando sus primeros pasos de recuperación luego de la crisis que provocó el colapso de la convertibilidad, el mundo empezaba a jugar a favor y Kirchner necesitaba acumular capital político.
Hoy la situación no es muy distinta. Luego de caer entre el segundo trimestre de 2008 y el primero de 2009, la economía parece haberse estabilizado, y estaría muy lentamente empezando el camino de la recuperación (desde el segundo subsuelo, pero recuperación al fin). El mundo, luego del colapso que provocó la crisis financiera, también se vislumbra como un factor de “empuje” para el futuro más o menos inmediato y la administración Kirchner está muy necesitada de capital político (quizás incluso más de lo que lo estaba a mediados de 2003).
El camino elegido por las autoridades seis años atrás es bien conocido. Se privilegió el crecimiento económico de corto plazo y se relegó a la microeconomía y a la calidad institucional a un segundo plano. Las consecuencias de dicha decisión también son ultraconocidas: alto crecimiento económico, pero con flujos de inversión insuficientes e inflación alta y creciente, que hicieron que la economía enfrentara problemas para crecer sustentablemente (y, por tanto, para lograr mejoras sostenidas en los indicadores sociales), incluso antes que la crisis financiera global tuviera lugar. Hacia fines de 2007, si bien el PIB seguía creciendo en torno al 8,5% anual, la inflación minorista rondaba el 25% y la pobreza había aumentado hasta un 32% de la población (vs. el “piso” de 26% que se había registrado durante el segundo semestre de 2006). Así, la situación macroeconómica de la Argentina antes de la crisis internacional no era la ideal ni mucho menos. Más aún, las “vías de escape” eran muy estrechas. Luego de varios años de distorsiones y desequilibrios, resultaba difícil reordenar la cuestión micro sin que la macro sufriera mucho, inclu so en un contexto internacional bueno o muy bueno. Ya era demasiado tarde para hacerlo y, por tanto, la Argentina parecía condenada a crecer (mucho) menos por algún tiempo. Puesto de otra forma, si la crisis global no hubiese sucedido (o al menos no hubiese tenido la magnitud que tuvo) la Argentina hubiera sido seguramente uno de los pocos países con crecimiento bajo (o nulo) en un escenario mundial de alto crecimiento.
Pero el daño en términos de crecimiento económico que iba a ser el cada vez más inevitable reordenamiento de la microeconomía lo terminó haciendo la crisis global. Buenos y malos fueron castigados casi por igual por la aplanadora internacional. Así, algunas de las consecuencias negativas del modelo económico instaurado a mediados de 2003 tendieron a disimularse en medio de la crisis global. Hoy el mundo empieza mejorar, y, por tanto, tenemos otra ves la oportunidad (tal como la tuvimos en 2003) de elegir las bases (económicas e institucionales) sobre las cuales sustentaremos nuestra propia recuperación. Ahora bien, qué implicaría optar por un camino distinto al seguido hasta ahora? En el plano fiscal, la respuesta es sencilla: el gasto debe crecer mucho menos, incluso si, producto de una tenue mejora de la actividad económica nacional e internacional, del incremento del precio internacional de las commodities y de una tasa de inflación relativamente elevada, la recaudación de impuestos (nacional y provincial) empieza a mejorar en el corto plazo. El nivel actual de gasto como porcentaje del producto es insostenible. Esto es cierto, sin importar cuál sea el nivel de las retenciones (o de cómo se coparticipen) o de los precios internacionales o si contamos con fuentes de financiamiento (genuinas o no) como para cubrirlo en el corto plazo.
La estrategia fiscal hasta aquí consistió en primero gastar sin control, y luego ver cómo se financiaban las erogaciones . El fracaso de esa estrategia resulta hoy más que evidente. A sólo cuatro años de la restructuración de deuda soberana más importante de la historia, tanto el gobierno nacional como las provincias enfrentan dificultades para cumplir no sólo con sus obligaciones de deuda sino también con sus compromisos corrientes (en el último tiempo surgieron rumores acerca de la posibilidad que algunos distritos provinciales emitan nuevamente cuasimonedas para cubrir pagos a empleados y proveedores).
No hay acuerdo con el FMI o arreglo con los hold outs o con el Club de París que pueda servir como sustituto a la voluntad por controlar el gasto. En el plano monetario, se necesita mayor flexibilidad en la política cambiaria, de modo tal que la política monetaria deje de ser una herramienta que lo único que hace es exacerbar el ciclo económico. Es expansiva cuando la economía crece y es contractiva cuando la economía cae (el sistema de tipo de cambio cuasi fijo hace que los agregados monetarios vuelen en la fase ascendente del ciclo y se destruyan durante la fase descendente). Si se hubiese dejado que el tipo de cambio nominal cayera durante el ciclo de crecimiento 2003-2008 (lo que, a su vez, hubiera servido para contener la inflación), el BCRA hubiese tenido más márgenes para actuar contra cíclicamente durante el epicentro de la crisis global (el único mérito del BCRA durante lo peor de la crisis fue, a costa de una brusca desaceleración de la expansión de la base monetaria, evitar que el tipo de cambio nominal se descontrolara). De cara al futuro, empieza a reaparecer nuevamente la sensación que el peso está actualmente sub valuado, y aún así parecería no haber voluntad de parte del BCRA para permitir que el tipo de cambio nominal caiga.
Ya vimos que el camino elegido en 2003 propone mejoras inmediatas que luego prueban no poder ser sustentables en el tiempo, incluso si el contexto internacional es (muy) favorable. La recuperación global en ciernes es, quizás, una muy buena oportunidad para hacer, al menos por una vez, algo distinto. Quizás es mejor intentar ir por una recuperación doméstica tipo “U”, y no intentar ir por una recuperación tipo “V”, que termine transformándose, como sucedió varias veces en la historia economía argentina reciente, en muchas “W”.
