| Actualizado 3.9.2010

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20.11.09 | Ideas y opiniones

Una explicación de por qué ganan los
políticos agresivos

Gabriel Foglia

Una teoría sostiene que el ganador en un contexto como el argentino será un actor político con infinita confianza en su capacidad.

Por Miguel Braun (*)
De la edición impresa

La mayoría de los humanos creemos que somos mejores de lo que somos, como en ese viejo chiste que dice que el mejor negocio del mundo es comprar un argentino por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale. Es un hecho establecido por la ciencia. Por ejemplo, en encuestas realizadas en Estados Unidos, el 90% de los entrevistados contestó que manejan mejor que el promedio, lo cual por definición es imposible. Ese exceso de confianza en nuestras propias capacidades fue uno de los factores detrás de algunos grandes desastres, desde la Primera Guerra Mundial, hasta la más reciente crisis financiera. La historiadora Bárbara Tuchman sostiene en su clásico estudio sobre el origen de la Primera Guerra titulado Los cañones de agosto, que el exceso de confianza de los generales franceses, plasmados en la doctrina del élan, o la apelación al espíritu combativo del soldado francés, fue uno de los factores que llevaron a Francia a evaluar que estaba preparada para una guerra contra Alemania. La rápida ocupación alemana mostró la magnitud del error de cálculo de los franceses. El origen de la reciente crisis financiera global también es atribuible, al menos en parte, al exceso de confianza. En este caso, los confiados fueron los inversores. Los menos informados creyeron firmemente que los precios de las propiedades seguirían subiendo para siempre. Los inversores sofisticados creyeron ciegamente que la diversificación de riesgo generada por la securitización de las hipotecas cubriría a los bancos de grandes pérdidas. Tanto unos como otros resultaron víctimas de la falta de imaginación, o no leyeron con suficiente atención la Ley de Murphy, aquella que dice que si algo puede salir mal, lo hará. Ningún sistema financiero resiste la caída generalizada del valor de todos los activos cuando los bancos, empresas e individuos están todos excesivamente endeudados y todos quieren acceder simultáneamente a la liquidez.

Los estudiosos de la psicología evolutiva se preguntan cómo puede subsistir este sesgo de exceso de confianza, si nos causa tantas catástrofes. Al fin de cuentas, la evolución debería castigar con la extinción a aquellos genes que nos impulsan a la catástrofe. Un trabajo reciente de Dominic Johnson (Universidad de Edinburgh) y James Fowler (Universidad de California, San Diego) encuentra una explicación atractiva. Ellos sostienen que el exceso de confianza es la mejor estrategia que puede adoptar una persona en contextos que combinan alta incertidumbre con una alta relación entre premio esperado y costo. Un torneo de gladiadores de la era romana, que enfrenta a 20 valientes en un combate de todos contra todos con un único ganador, sería un caso extremo de escenario incierto y con alta relación costo-beneficio. La incertidumbre es alta porque, en el caos de un combate de todos contra todos, incluso el más fuerte puede caer víctima de un golpe fortuito del más débil. A su vez, el costo de participar es nulo (entrar en el Coliseo), mientras que el beneficio para el ganador es enorme: la vida y la gloria.

Johnson y Fowler dirían que un gladiador con exceso de confianza tiene más chances de ganar la competencia. La razón es que el exceso de confianza impulsa la ambición, la determinación y la persistencia en la búsqueda del objetivo. En un contexto de alta incertidumbre, los individuos con poca confianza probablemente abandonen temprano la competencia, mientras que los “sobreconfiados” seguirán contra viento y marea. A su vez, esta actitud competitiva paga más en contextos donde el premio es grande en relación con el costo de obtenerlo. La conclusión es que la evolución llevará a premiar la supervivencia y, por lo tanto, el éxito reproductivo de los “sobreconfiados” en estos contextos inciertos y volátiles. La aplicación de esta teoría a la política argentina actual es directa.

Somos desde hace décadas un país con alta volatilidad e incertidumbre económica y política, y este escenario se agudizó luego de la crisis de 2001-2002. A su vez, nuestro sistema político es hiperpresidencialista, ya que el que resulta electo maneja la caja del Gobierno Nacional, colosal en comparación a las de las provincias, y tiene poderes para legislar por decreto. Por lo tanto, el premio para el que obtiene la Presidencia es enorme. El modelo de Johnson y Fowler predice que el ganador en un contexto como el nuestro será, en general, un actor político con infinita confianza en su propia capacidad, aguerrido, que seguirá peleando incluso cuando la situación le sea desfavorable.

En los últimos años se han publicado numerosas opiniones de académicos, comentaristas y diversas autoridades apelando a la moderación en la política, a una menor polarización del debate público, a reducir los niveles de agresión y a buscar consensos. Estas apelaciones son valiosas, pero si queremos que nuestros dirigentes tengan una menor tendencia a polarizar y pelearse, la psicología evolutiva nos insta a reducir la volatilidad económica y política por medio de políticas macroeconómicas que generen estabilidad. Por ejemplo, Chile y Brasil han eliminado la inflación por medio de un esquema de metas de inflación manejado por un Banco Central independiente, y han aprobado reglas fiscales que permiten aumentar el gasto durante las recesiones y bajarlo en épocas de crecimiento.

Urge también cambiar las reglas de juego políticas para que éstas limiten algo el excesivo presidencialismo. Sería deseable rediscutir y revisar la centralización de la caja fiscal, la delegación de facultades legislativas, los superpoderes y la posibilidad de gobernar por decreto, así como trabajar para fortalecer la independencia del Poder Judicial de modo que actúe realmente como contrapeso. De lo contrario, estaremos cometiendo lo que Einstein llamaba locura: hacer lo mismo una y otra vez, y esperar resultados diferentes.

(*) Director ejecutivo de CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento

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